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ESPACIO 2017 - Centenario de la Revolución Soviética!

Secciones: Marxismo -  Mundo Insurgente -  Antiglobalización

Título: Hacer la Revolución como un deber- Análisis de Carlos Fonseca Terán, Secretario adjunto de relaciones internacionales del FSLN. Por la V Internacional- Enlace 1

Texto del artículo:


Análisis de Carlos Fonseca Terán, Secretario adjunto de relaciones
internacionales del FSLN, para LA REPÚBLICA Hacer la Revolución como un
deber
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Carlos Fonseca Terán, Secretario adjunto de relaciones internacionales del
FSLN, analiza para LA REPÚBLICA el llamamiento a impulsar la Quinta
Internacional.
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00:25h. del Miércoles, 6 de enero

*Para no luchar habrá siempre sobrados pretextos en todas las épocas y en
todas las circunstancias, pero será el único camino de no obtener jamás la
libertad.** Fidel Castro *

*…Quienes se pronuncian a favor del método de la reforma legislativa en
lugar de la conquista del poder político y la revolución social y en
oposición a éstas, en realidad no optan por una vía más tranquila, calma y
lenta hacia el mismo objetivo, sino por un objetivo diferente. En lugar de
tomar partido por la instauración de una nueva sociedad, lo hacen por la
modificación superficial de la vieja sociedad.* * Rosa Luxemburgo *

Arriba los pobres del mundo, de pie los esclavos sin pan; alcémonos todos al
grito: ¡VIVA LA INTERNACIONAL!: Así comienza la versión latinoamericana del
himno más cantado por los revolucionarios del mundo a lo largo de la
historia; es el Himno de la Internacional, hecho cuando aún daba sus
primeros pasos la organización que de forma recurrente se ha empeñado desde
1864 en convocar a la lucha única y organizada a los revolucionarios del
mundo, respondiendo al llamado que hicieran por primera vez Carlos Marx y
Federico Engels en el Manifiesto Comunista: Proletarios de todos los países:
¡Únanse!

Hace poco más de diez años, caminando por una calle de Managua me llamó la
atención en un gran muro, un rótulo en enormes letras negras con la famosa
frase lanzada en 1848 por los dos primeros grandes maestros del movimiento
revolucionario, pero con un lapidario apéndice entre paréntesis: Último
aviso. Efectivamente, esta es la última oportunidad que tiene el
proletariado (o lo que es igual, las clases populares) para emanciparse
liberándose de la explotación que determina su existencia como clase
oprimida y que es propia del capitalismo como sistema; y es la última porque
ahora de eso depende la sobrevivencia de la especie humana, debido a que
bajo las condiciones del capitalismo es imposible resolver la crisis
ecológica que tiene a la humanidad al borde del precipicio; y con toda
seguridad las dudas de todas las personas inteligentes y sin intereses que
las aten a este sistema, desaparecieron entre la nieve de Copenhague con el
acuerdo dictatorialmente impuesto por los países industrializados (causantes
por eso mismo de la crisis ambiental)… ¡de limitar a un 2% el calentamiento
global!, difícil de creer aún para quien como el que esto escribe, tiene muy
clara la imposibilidad de que una crisis creada por la subordinación de la
satisfacción de las necesidades a la acumulación y la concentración de las
riquezas cuya creación sólo tiene sentido si es para la satisfacción de esas
necesidades, sea resuelta por un sistema cuyo funcionamiento no tiene como
objetivo esto último (la satisfacción de las necesidades), sino lo primero
(la acumulación y la concentración de la riqueza); difícil de creer, porque
los firmantes del acuerdo están bien enterados de que ya ese 2% de
calentamiento global significa una catástrofe nunca antes vista en todo el
planeta, que puede evitarse. Pero también saben que para impedir el cambio
del clima, hay que cambiar el sistema; y por estúpido que sea, prefieren
poner en riesgo a la humanidad (incluidos ellos, obviamente) antes que
hacerlo con el sistema que les proporciona los privilegios sin los cuales
para ellos, la vida no tendría chiste; y es ahí donde la estupidez comienza
a tener sentido: son sus intereses de clase. Como señaló Lenin, un conocido
aforismo dice que si los axiomas geométricos chocasen con los intereses de
los hombres, seguramente habría quien los refutase;3 a lo que debería
agregarse (en la profana opinión de este seguidor suyo) que si esos
intereses fueran los de las clases dominantes, esa refutación sería asumida
por la mayor parte de la gente como una verdad absoluta.

El mundo actual tiene tres características que es preciso señalar aquí:
primero, en él las distancias han desaparecido gracias a la actual
tecnología de la comunicación que ha surgido como parte de lo que se conoce
como la revolución electrónica; debido a lo cual ahora es más fácil que
nunca (y es políticamente mortal no hacerlo) decir y hacer cosas a nivel
mundial, como consecuencia de la facilidad con que se pueden comunicar entre
sí las personas independientemente del lugar donde se encuentren. Segundo:
producto de lo anterior, en la actualidad se ha reducido de forma dramática
la cantidad de personas necesarias para desempeñar una cantidad creciente de
labores productivas y en el ámbito de la economía en general y de la
burocracia, entrando con esto en crisis las relaciones laborales de tipo
salarial y por tanto, la intermediación económica ejercida como poder
dominador por los propietarios de todo tipo (incluyendo el Estado, pero
solamente en su condición como propietario de medios de producción y no en
su condición como maquinaria de dominación política) entre el trabajador que
produce y crea directamente los bienes materiales y la riqueza
(respectivamente) por una parte, y por otra los bienes creados y la riqueza
producida; resultado de lo cual, también la intermediación en general ha
entrado en crisis, incluyendo la de tipo político y con ella, el sistema
democrático representativo en el que la intermediación – ejercida por los
representantes electos – entre el soberano representado y las decisiones que
como tal le correspondería tomar se manifiesta como manera de ejercer el
poder; surgiendo de la combinación entre la nueva realidad surgida de la
fluidez de las comunicaciones y la información por una parte y la crisis de
la intermediación económica por otra, la transformación del predominio del
capital financiero sobre el capital industrial que anunciaba – identificada
por Lenin – el inicio de lo que el líder de la primera revolución socialista
caracterizó como la fase imperialista de desarrollo del capitalismo, en
sustitución de la producción material de bienes materiales por la
especulación financiera como principal manera de crear riquezas en lo que se
conoce ahora como la globalización y que es una etapa nueva de desarrollo
del capitalismo en su fase imperialista, determinada por el hecho de que la
presión ejercida por el flujo del capital financiero en detrimento del peso
que tiene en la economía la producción material – que sin embargo y
contradictoriamente, continúa siendo por su naturaleza misma la base
fundamental de la existencia y el desarrollo de la sociedad humana – lleva a
la eliminación de las barreras arancelarias como forma de que el libre flujo
de las mercancías desarrolle una tendencia hacia un equilibrio – que sin
embargo, nunca llegará porque la tecnología ha puesto a sus creadores a
trabajar para ella en tanto que ésta es fuente de acumulación capitalista –
entre mercancías producidas y dinero sin respaldo material (que ya había
sido suprimido a inicios de los setenta con la eliminación del patrón oro
como criterio de valor del dólar, preparando el terreno para lo que vendría
después); apareciendo así una nueva y cuarta gran contradicción en el
capitalismo, entre el carácter de la producción material como base del
desarrollo social y la especulación financiera como principal manera de
crear riquezas (la contradicción específica de la globalización), la cual es
de carácter terminal4 y es la que se manifiesta en la crisis actual,
uniéndose al resto de contradicciones del sistema: la principal de ellas (de
carácter crítico), entre el carácter social de la producción y el carácter
privado de su apropiación; a la contradicción crítica, propia del
imperialismo, entre el carácter nacional de la concentración de las riquezas
y el carácter mundial de su producción material y creación en general, y de
la actividad económica que las hace posibles; y a la contradicción terminal
de más largo plazo en el capitalismo: entre lo limitado de los recursos
materiales y lo ilimitado de la acumulación propia de dicho sistema, que se
convierte en el objetivo con el cual se satisfacen las necesidades en lugar
de ser al contrario: que la satisfacción de las necesidades sea el objetivo
(y por tanto el límite) de la acumulación. Y tercero: producto de todo lo
anterior, el sistema capitalista atraviesa una crisis cuya principal
expresión es económica y financiera, ante cuyos efectos están expuestos
todos los países del mundo porque su naturaleza es tan mundial como el
sistema que la origina. De ello resulta que así como las relaciones de
producción feudales eran incapaces de desarrollar el potencial productivo
surgido de la revolución industrial al ser expulsada una gran cantidad de
fuerza laboral de la vida económica y por tanto, de la vida misma – siendo
por tanto sustituidas tales relaciones por las de tipo capitalista –, así
mismo ahora el capitalismo no puede echar a andar el potencial productivo
desatado por la revolución electrónica, que ha expulsado también una fuerza
laboral gigantesca de la economía formal; y solamente el socialismo, por
tanto, puede resolver la crisis actual debido a que su propio carácter – por
tener como base la propiedad social sobre los medios de producción – hace
posible que la mano de obra excluida del sistema pueda ser puesta
productivamente en funcionamiento, pero no ya para alimentar un desarrollo
económico que se ha vuelto irracional al ser subordinada al mismo la
naturaleza humana de la existencia social, sino para que, estos nuevos
actores hagan uso de su nueva condición de sujetos económicos mediante el
ejercicio directo de la propiedad social sobre los medios de producción, de
igual forma que los ciudadanos como nuevos sujetos sociales pasan a ejercer
el poder de forma directa en el socialismo que surgirá de la nueva época
revolucionaria, sin la intermediación política como mediatización de su
voluntad en acción y por tanto como manifestación del poder.

En síntesis, el mundo vive en la actualidad una revolución tecnológica (la
revolución electrónica) de igual importancia que la revolución industrial, y
esta nueva revolución trae consigo la desaparición de la intermediación como
forma de ejercer el poder político y económico, pero también crea un mundo
globalizado integrado por sujetos interconectados y una crisis sistémica
mundial de grandes dimensiones que requiere una respuesta revolucionaria
igualmente mundial. De ahí la necesidad de organizar la Quinta Internacional
que agrupe a las fuerzas políticas y sociales organizadas que tienen como
razón de ser la transformación revolucionaria de la sociedad mediante la
sustitución del capitalismo por el socialismo.

Desde Lenin se sabe que la revolución se hace en tanto se lucha por ella en
todo momento y es posible en la medida en que con esa lucha se crean,
desarrollan o se está en capacidad de identificar las condiciones que la
hacen triunfar; de ahí surge la transformación de la revolución como una
oportunidad en la revolución como un deber, que se plasma en la Segunda
Declaración de La Habana cuando en ella se dice que el deber de todo
revolucionario es hacer la revolución.5 Y si hay un momento en el que la
revolución está a la orden del día sin discusión sobre si puede hacerse en
cualquier momento o sobre si es o no un deber, es el de la crisis del
sistema cuya sustitución por otro es el objetivo de la revolución, tal como
la que tiene lugar actualmente. Por otra parte, si no fuera para hacer la
revolución, el poder no tendría sentido para un movimiento revolucionario,
pues éste es un medio indispensable para ello, pero cuyo uso sólo se
justifica por este motivo, debido a que el poder surgió para oprimir y a eso
responde su naturaleza misma, por lo cual es tan indispensable como
indeseable para el propósito antes planteado. A esto obedece que si el poder
se ejerce sin hacer la revolución, surge la frustración por las expectativas
creadas, se crea el desconcierto, la conciencia se desmorona a nivel masivo,
y los revolucionarios se dividen: unos a favor y otros en contra de que se
esté haciendo algo que no se corresponde con un programa revolucionario. Con
más razón aún, no tendría sentido ejercer el poder en un momento de crisis
del sistema, si no fuera para cambiarlo por otro, pues de lo contrario a los
revolucionarios correspondería resolver la crisis para el sistema y pagar su
costo, pues al hacerlo de esta manera no habría ni quien nos diera las
gracias. La crisis debe resolverse, pero contra el sistema; la solución de
la crisis por la izquierda, sólo puede ser revolucionaria. La Revolución
Bolivariana es el mejor ejemplo de lo que se puede hacer contando tan sólo
con el gobierno como principal expresión política institucional del poder,
como sucedió al comienzo del proceso iniciador e impulsor del renacimiento
revolucionario en América Latina que ha hecho de esta parte del planeta la
primera línea de fuego por la revolución mundial. Pero actuar a nivel
estratégico frente a la crisis del capitalismo para hacer surgir de ella un
proceso revolucionario a nivel mundial, es algo que no se puede hacer sin
una coordinación estrecha para el análisis y la acción, entre todas las
fuerzas revolucionarias del mundo, con un sentido de compromiso y
disciplina. Avanzar por ese camino y por tanto, continuar en ofensiva
revolucionaria intensificando aún más y expandiendo la que se vive en
América Latina dentro del propio continente donde ha tenido lugar y en el
resto del mundo, sólo será posible pensando globalmente y actuando
localmente (como dice la consigna altermundista), porque así cada uno
actuará en la misma dirección en que lo hagan los demás a nivel mundial. Y
avanzar de ahora en adelante, sólo será posible a nivel mundial, porque es
mundial el problema que debe ser resuelto por el movimiento revolucionario,
y esto sólo podrá hacerse con el nivel de articulación, la unidad en la
acción y la disciplina que únicamente son posibles con una organización
mundial de partidos revolucionarios, como solamente podría serlo la misma
que ha existido en cada época histórica que así lo ha demandado, adoptando
en cada momento las modalidades que cada época ha requerido; siendo en esta
época esa demanda más urgente que nunca por las razones ya señaladas: la
Internacional.

*De la Primera a la Cuarta Internacional.*

Por la Internacional se ha conocido históricamente la organización mundial
que ha aglutinado a diversas expresiones orgánicas del movimiento
revolucionario, desde que la utopía de una sociedad sin desigualdades
sociales (dividida entre explotados y explotadores) sustituyó a la de una
sociedad sin desigualdades estamentales (dividida entre nobles y vasallos),
luego de que ésta quedó frustrada por las injusticias sociales que
caracterizan al capitalismo, modo de producción determinado por la
incapacidad de las relaciones económicas feudales (entre los propietarios de
la tierra o señores feudales – dueños del feudo o gran extensión de tierra
bajo su total dominio – y los siervos que trabajaban en ella a cambio del
derecho a cultivar para sí mismos una pequeña parcela, propiedad del señor
feudal) para propiciar el desarrollo del potencial productivo surgido con la
invención de las máquinas para la fabricación de productos en serie y
activadas por energía no humana (primero el vapor y el carbón, y luego el
petróleo y sus derivados) en lo que se conoció como la revolución
industrial, a la cual se ha hecho referencia antes. El capitalismo fue
entonces la realidad socioeconómica y política que surgió de la necesidad
histórica planteada por la revolución industrial y que a su vez determinó el
surgimiento de las ideas que justificaban el advenimiento de ese sistema,
pero no presentándolo como en realidad sería, sino como sus primeros
ideólogos esperaban que fuera: como una sociedad en la cual la libertad, la
justicia y la prosperidad regirían la vida de los seres humanos, a partir
del libre mercado que era en esa época una bandera revolucionaria frente a
la existencia de privilegios económicos definidos según el linaje familiar,
originándose tal diferenciación en guerras por territorios, acontecidas
siglos atrás.

La realidad del capitalismo hizo que el ideal libertario y humanista
encarnado en la Revolución Francesa fuera asumido por un nuevo paradigma
revolucionario, desplazándose el foco ideológico de la libertad hacia la
igualdad como condición de la primera, pero sin que por ello quedara
resuelta la contradicción entre ambas, que plantearía futuras tensiones al
ideario socialista que sustituyó al liberal en el imaginario de la lucha
revolucionaria a nivel mundial, producto de lo cual debería plantearse un
nuevo ideal revolucionario que pudiera superar esa contradicción, tanto
desde los experimentos sociales en marcha antes de la crisis soviética (que
hizo sucumbir el modelo correspondiente ante esta contradicción) como
también a partir de un nuevo intento de aplicar, tomando en cuenta la
experiencia fallida, los principios teóricos surgidos de la evolución del
pensamiento revolucionario, creando a la vez en ambos y todos los casos
posibles la nueva teoría que, sin desligarse de los indispensables aportes
de la existente con anterioridad – y más bien partiendo de ellos –, responda
a las nuevas realidades.

La Internacional ha sido pues, la expresión mundial de la lucha
revolucionaria a partir del ideal socialista de la igualdad entre los seres
humanos. Su primera versión aparece en 1864 y tiene como principal punto de
referencia el primer intento de revolución socialista en la historia: la
Comuna de París, aunque los sucesos relacionados con este hecho histórico
estuvieron poco vinculados en realidad con la acción de la Internacional, y
fueron más bien sus integrantes menos influyentes y otros revolucionarios
que no pertenecían a ella, quienes estuvieron al frente de esta experiencia,
de la cual Carlos Marx – pese a haber dicho con anterioridad a los
acontecimientos, que el levantamiento armado de los obreros parisienses (que
los llevaría al poder por poco más de dos meses) no tendría buen final –
extrajo conclusiones que incluso, modificaron su teoría política de forma
decisiva, llegando a la conclusión de que las clases explotadas no solamente
debían apoderarse de la máquina burocrática del Estado para ponerla a su
servicio, sino destruirla y sustituirla por otra, nueva y adecuada al
proyecto social propio de ellas y en correspondencia con sus intereses.6
Pero esa conclusión no surgió de un análisis de los errores, sino de lo que
él consideraba los aciertos de la Comuna. Es decir, en vez de cuestionar
(desde ese pedantismo académico típico de tantos intelectuales de izquierda)
a los comuneros (cuyos dirigentes le adversaban en muchos aspectos) los
elogió, los apoyó y sin dejar de señalar lo que él veía como sus fallas, en
lugar de aprovechar la derrota de ellos para afirmar la validez de los
planteamientos de él, reconoció que su pronóstico no estaba bien
fundamentado, afirmando que la Comuna no cayó por las razones que él había
expuesto – según las cuales ni siquiera debía haber triunfado –, y que tenía
muchas más cosas por aprender de los comuneros, que cosas por enseñarles; lo
cual puede servir de referencia a quienes no habiendo hecho nunca una
revolución o habiendo renunciado a hacerla, se dedican a atacar en nombre de
las ideas revolucionarias, a quienes las hacen.

Y fue precisamente la discusión que surgió sobre el fracaso de la Comuna, el
factor decisivo que llevó a la disolución en 1876, de la Primera
Internacional, cuyo nombre oficial era Asociación Internacional de los
Trabajadores y cuyos principales ideólogos y dirigentes eran Carlos Marx y
Federico Engels. Esta fue la Internacional de la etapa clásica del
capitalismo, cuando imperaba la libre competencia como regla principal de
las relaciones económicas y cuando la explotación que es propia de este
sistema se mostraba en su versión más descarnada aún en los países
industrializados (y principalmente en ellos), con jornadas laborales de
catorce horas por salarios que solamente – y difícilmente – permitían la
sobrevivencia física de los obreros.

La Segunda Internacional surge en 1889, fundada entre otros por Federico
Engels y Carlos Kautsky. Su nombre oficial fue Internacional
Socialdemócrata, siendo esa en aquel entonces, la denominación política del
movimiento revolucionario. Luego, al enfrentarse esta Internacional a
comienzos del siglo XX (ya fallecido Engels) al surgimiento del imperialismo
(caracterizado por Lenin como la fase superior del capitalismo, visión con
la que posteriormente se identificará Augusto C. Sandino y que ejercería
gran influencia en su formación revolucionaria)7 y más concretamente al
estallido de la Primera Guerra Mundial como expresión de la nueva época, no
logró dar una respuesta cohesionada al fenómeno y en su interior los
partidos más influyentes optaron por la claudicación ideológica ante el
sistema, apoyando por razones electorales a sus correspondientes países en
la también llamada Gran Guerra; de donde surgió la actual versión reformista
de la socialdemocracia (reformista al sustituir el cambio de sistema como
objetivo, por la reforma del mismo – primero planteada como forma menos
brusca y más viable de llegar al cambio de sistema, y luego como objetivo
final de sus promotores, tal como lo pronosticaron Lenin y Rosa Luxemburgo,
principales exponentes de las posiciones revolucionarias dentro de esta
Internacional –). La polémica que entonces se produce entre reformistas y
revolucionarios continúa vigente y es fundamental en la batalla ideológica
por la transformación revolucionaria de la sociedad, pues la revolución como
un proceso permanente siempre se encuentra enfrentada a situaciones que
llevan a una parte del movimiento revolucionario a deponer sus banderas ante
el sistema, justificando tal conducta con la supuesta mayor viabilidad de
una ruta reformista hacia un cambio indefinido en un futuro incierto; cambio
que ni al comienzo ni al final es el del sistema, sino el de ciertos
aspectos superficiales de éste; es decir, no suprime las causas de los
problemas sociales, sino algunos de sus más visibles efectos, lo que
contribuye a la prolongación del sistema – cuya existencia misma determina
la de los problemas sociales en cuestión –, debido a que retrasa el
cuestionamiento generalizado al mismo como producto de la disminución de lo
intolerable en que se termina convirtiendo la vida para cantidades
suficientes de personas como para hacer insostenible el orden de cosas
vigente. Al romper Lenin y los revolucionarios consecuentes de la época con
el reformismo que terminó imponiéndose en la dirección del movimiento
socialdemócrata, y luego de triunfar en Rusia la primera revolución
socialista de la historia en 1917 (dirigida por él), se funda la Tercera
Internacional o Internacional Comunista en 1919, a la cual correspondió la
defensa internacional de la Unión Soviética y la organización de la lucha
revolucionaria por el socialismo en el mundo, en las condiciones marcadas
por el establecimiento de la fase imperialista de desarrollo del
capitalismo, con la resultante transformación de la división social entre
seres humanos explotados y explotadores dentro de cada país, en división
mundial entre países explotados y explotadores, trasladándose el escenario
de la revolución, de los países industrializados – cuya clase obrera pasa a
recibir beneficios de la explotación ejercida por sus países sobre otros – a
los países agrarios – donde por ello las clases populares sufren una doble
explotación (como en su momento lo expresara Sandino):8 la ejercida por los
explotadores locales y la que ejercen los monopolios imperialistas –.

La presencia de cuadros enviados por la Internacional Comunista en el
Ejército Defensor de la Soberanía Nacional de Nicaragua a finales de los
años veinte es un factor que influye en la evolución del pensamiento
revolucionario del prócer nicaragüense. Entre esos cuadros se distingue
Farabundo Martí, Secretario personal de Sandino, quien es conocido
mundialmente como el General de los hombres libres al referirse a él en
estos términos uno de los más destacados dirigentes de la Tercera
Internacional, el comunista francés Henry Barbusse. La guerra que entonces
se libraba en Nicaragua constituyó uno de los dos hechos históricos que
inauguraron la época de las revoluciones de liberación nacional como
expresión fundamental de la revolución socialista (el otro fue la Revolución
China dirigida por Mao Tsé-tung, que ya estaba en marcha por entonces y
terminaría triunfando en 1949); lo cual responde al cambio del escenario
revolucionario mundial, ya explicado antes.

Como parte de lo antes dicho, Sandino hace un llamamiento a los obreros de
América Latina, a integrarse en la Confederación Sindical Latinoamericana,
brazo sindical en nuestro continente de la Internacional Comunista, asume
como propias las resoluciones del Congreso Mundial Antimperialista de
Francfort,9 convocado por la Internacional; y según narra Ramón de
Belausteguigoitia en su libro Con Sandino en Nicaragua, era usual escuchar
las notas del himno de La Internacional en los campamentos del Ejército
Defensor de la Soberanía Nacional de Nicaragua.10 En determinado momento,
como es sabido estos cuadros se separan de Sandino, lo cual ocurre como
producto de orientaciones emanadas del Partido Comunista Mexicano en lo que
fue un comportamiento extremadamente sectario de éste. Tales orientaciones
fueron cuestionadas en el seno de la Internacional, a pesar de que con ellas
los comunistas mexicanos creían estar cumpliendo con la nueva línea vigente
en la organización mundial, que definía la estrategia de clase contra clase,
significando esto que los partidos comunistas debían romper con todo aquello
que no significara un compromiso con el socialismo; compromiso que sin
embargo existía en Sandino, quien se encargó de dejar claro que nunca tuvo
disputas ideológicas con sus ex compañeros, en este caso Farabundo Martí,11
con cuyas ideas aclaró que siempre estuvo de acuerdo,12 y a quien con motivo
de su muerte en la insurrección campesina de su país, rindió homenaje en
acto cuyas fotos han sido recientemente desenterradas del olvido por su
nieto, Walter Castillo y publicadas en el libro de Sandino recientemente
editado por la Fundación que dirige Castillo, y que Sandino mismo orientó
publicar bajo el irónico título El bandolerismo de Sandino en Nicaragua.

Llama la atención el hecho de que el triunfo en China, de la primera
revolución socialista después de la Revolución Rusa, ocurriera hasta seis
años después de disuelta la Internacional Comunista o Tercera Internacional
en 1943, oficialmente como producto de la “madurez de los partidos
comunistas”, pero en realidad como resultado de un compromiso de Stalin con
sus aliados capitalistas contra la Alemania nazi en la Segunda Guerra
Mundial. La Internacional fue sustituida entonces por una combinación de la
llamada comunidad de países socialistas – que en gran medida surgió como
producto de la liberación por el Ejército Soviético, de los países de Europa
del Este de la ocupación alemana –, las conferencias mundiales de los
partidos comunistas y sobre todo, el Pacto de Varsovia (alianza militar
entre los países socialistas de Europa, y contraparte de la OTAN). Incluso
antes, la primera revolución socialista de la historia triunfó cuando ya la
Internacional de la época (la Segunda) se había desintegrado. Pocos años
después de la Segunda Guerra Mundial se integraron a la comunidad de países
socialistas: China (antes de su ruptura con la Unión Soviética), Viet Nam,
Laos y Cuba, países a los que el socialismo no llegó, sino que ellos
llegaron al socialismo como producto de procesos revolucionarios autóctonos,
luego del triunfo en ellos de las revoluciones de liberación nacional; igual
que en el caso de Corea del Norte, que sin embargo siempre tuvo poca
presencia internacional debido a su filosofía de la autosuficiencia,
conocida como la idea Zuche.

La Cuarta Internacional fue organizada en 1938, en contra de la Tercera; y
según sus organizadores en consecuencia con la línea de ésta hasta su Cuarto
Congreso, que había tenido lugar en 1922. La razón argumentada por su
fundador, León Trotsky, fue que la Tercera Internacional había dejado de ser
la expresión organizada de la revolución socialista mundial para convertirse
en un aparato burocrático al servicio de la diplomacia soviética, como
expresión de lo que él consideraba como la degeneración de la revolución
socialista en un Estado burocrático en la Unión Soviética, de donde fue
expulsado luego de haber sido uno de los principales dirigentes de aquel
proceso (principal jefe de la insurrección que tuvo como resultado la toma
del poder por los bolcheviques – la fracción comunista dirigida por Lenin –,
jefe de relaciones exteriores de la Rusia revolucionaria y luego, fundador y
primer jefe de la Guardia Roja, luego llamada Ejército Rojo y por último,
Ejército Soviético).

Al morir asesinado Trotsky en 1940, sus seguidores se caracterizaron por un
comportamiento altamente polémico que los llevaría a sucesivas e
interminables divisiones internas, lo cual no es ajeno a su concepción de
que la revolución socialista debe ser mundial o no ser, y producto de ello
esta Internacional no ha promovido una sola revolución en país alguno,
precisamente por no concebirla dentro de las fronteras nacionales. Tal
situación ha llevado a la inacción de sus integrantes, producto de que la
ausencia de procesos revolucionarios a promover y defender los ha conducido
a la sustitución de las tareas prácticas de la lucha revolucionaria por la
polémica excesiva (ausencia de combinación entre teoría y práctica) que
lleva al sectarismo, otra de sus características y origen del divisionismo
que ha caracterizado a esta versión de la Internacional a lo largo de su
trayectoria. Manifestación de ello es el hecho de que actualmente existen
varias organizaciones mundiales – todas integradas por partidos que siempre
fueron extremadamente pequeños – que se autoconsideran como la legítima
Cuarta Internacional. Aún más, cada vez que surge un nuevo proceso
revolucionario estos partidos se dedican a atacarlo, de forma tal que su
actividad política está más orientada a esto que a combatir contra las
fuerzas de la reacción a nivel mundial.

George Novack, en su libro La Primera y Segunda Internacional, dice: Trotsky
caracterizó el período de actividades internacionales de la clase obrera,
realizadas durante la Primera Internacional, esencialmente como una
anticipación. El Manifiesto Comunista fue la anticipación teórica del
movimiento obrero moderno. La Primera Internacional fue la anticipación
práctica de las asociaciones obreras mundiales. La Comuna de París fue la
anticipación revolucionaria de la dictadura del proletariado.

Más tarde, Lenin caracterizó la Tercera Internacional como la Internacional
de la acción, que empezó a poner en práctica la primera gran contribución de
Marx a la teoría política: la idea de que la clase obrera tenía que luchar
por establecer la dictadura del proletariado.

El puente histórico entre la Internacional de la anticipación y la
Internacional de la acción fue la Segunda Internacional. Ésta puede
caracterizarse brevemente como la Internacional de la organización, que puso
en pie a amplias masas de trabajadores en numerosos países y los organizó en
sindicatos y en partidos políticos obreros.13

Siguiendo esta lógica, la Cuarta habría sido la Internacional de la crítica,
debido a que su fundamento fue el cuestionamiento (independientemente de qué
tan acertadamente haya sido hecho) al rumbo (con toda certeza cuestionable)
de la construcción del socialismo en la Unión Soviética con posterioridad a
la prematura muerte de Lenin.

La necesidad – ya fundamentada arriba – de instaurar una Quinta
Internacional debe tomar en cuenta la experiencia vivida por las anteriores
versiones de la organización mundial de los revolucionarios. Alicia Sagra,
en su libro La Internacional, plantea que la Primera Internacional fue un
Frente Único, la Segunda una Federación de partidos socialistas, y la
Tercera el primer Partido Revolucionario Mundial (…), que respondía a una
nueva época, la época imperialista de lucha por el poder, la época de la
Revolución Socialista, por eso no sólo tenía posiciones programáticas que
respondían a esa tarea, sino también el régimen de funcionamiento necesario
para ello: el centralismo democrático.14

En este sentido, la Cuarta Internacional habría sido el primer intento
(aunque impotente y fallido) por retomar el rumbo revolucionario de ese
partido mundial. Tanto la Primera Internacional como la Segunda, existieron
cuando aún Lenin no había elaborado su teoría de la actualidad de la
revolución, integrada por la teoría de la situación revolucionaria y la del
partido de vanguardia, siendo desde entonces esta última, rectora del
funcionamiento de todas las organizaciones revolucionarias del mundo (al
menos las identificadas con el marxismo-leninismo, que obviamente no son
sólo las que se autodenominan partidos comunistas; algunas de estas
organizaciones han tenido que aplicar los principios emanados de la teoría
leninista en condiciones diversas que han demandado de ellas un alto nivel
de creatividad y flexibilidad). La Quinta Internacional y la teoría
leninista del partido de vanguardia. La teoría leninista del partido de
vanguardia plantea la necesidad de una organización política integrada o
dirigida (según las circunstancias) por revolucionarios que hagan de tal
condición su profesión y oficio (militantes o cuadros políticos – según el
caso – a tiempo completo), lo cual responde a la necesidad de que esta
organización actúe de forma permanente, promoviendo el cambio revolucionario
cuando la situación revolucionaria esté planteada o haya sido creada por
ella (cuando “los de abajo no quieran” y “los de arriba no puedan” seguir
viviendo como hasta entonces, como diría Lenin).15 La situación
revolucionaria puede surgir espontáneamente (caso en el cual el carácter
espontáneo de tal situación puede ser relativo por responder posiblemente a
un acumulado de trabajo político y organizativo de la organización política
de vanguardia, o de lucha armada organizada por ésta como factor de
motivación para la integración de una porción suficientemente significativa
de la sociedad a la lucha contra el sistema); también puede darse como
producto de la aceleración artificial por la vanguardia, del proceso social
que conduce a ella; o puede ser totalmente creada por la vanguardia cuando
sus acciones y el contexto en que éstas se dan así lo permite. Pero la
situación revolucionaria sólo se convertirá en revolución si la vanguardia
se encarga de que así sea, lo cual se corresponde plenamente con la
importancia dada por los clásicos del marxismo al factor subjetivo en la
realidad y el desarrollo sociales, después ignorada tanto por el dogmatismo
revolucionario como por los ideólogos de la reacción.

La vanguardia es la organización política que constituye el motor de la
revolución, debido a que la envergadura de lo que se requiere para hacerla
triunfar implica una acción política bien organizada, en la que es un
elemento fundamental la disciplina. De la teoría leninista del partido de
vanguardia se deriva la concepción del centralismo democrático como rector
de la vida interna de las organizaciones políticas de carácter
revolucionario. El centralismo democrático consiste en trabajo, dirección y
decisión colectivos; dirección y decisión únicas; responsabilidad
individual; electividad y revocabilidad de los cargos con rendición
periódica de cuentas; subordinación jerárquica (de los organismos inferiores
a los superiores); derecho a la crítica interna y deber de la autocrítica.

Uno de tantos prejuicios antileninistas surgidos del colapso que sufriera el
modelo conocido como socialismo real en su versión soviética y europea, es
el de confundir la concepción de la organización política de vanguardia con
el sectarismo y el dogmatismo que, estando presente en muchas organizaciones
de izquierda por razones que trascienden el contenido de este artículo, han
hecho que en éstas se desarrolle el culto de la personalidad, el
autoritarismo y la tendencia a la sustitución de las clases populares en la
lucha revolucionaria o en el ejercicio del poder, en nombre de los intereses
superiores de las mismas. Pero la concepción de la vanguardia – ya detallada
con anterioridad – surge del carácter desigual del desarrollo en general, y
se explica filosóficamente por la ley dialéctica de la unidad y lucha de los
contrarios: la necesidad histórica de los cambios sociales determina la
existencia de sujetos portadores de los cambios históricamente necesarios,
pero tales sujetos – que reflejan la realidad de la cual forman parte,
confrontándose con ella –, por ser quienes escapan a la hegemonía ideológica
ejercida por el grupo social dominante, son minoría cuando aparecen como
primeros síntomas de los cambios que la realidad social y la historia
demandan; y son por tanto, la vanguardia de la lucha por esos cambios
siempre que se aglutinen y organicen debidamente en función de éstos. Su
misión histórica consiste por consiguiente, en educar ideológicamente al
sujeto de los cambios que en esa medida se integrará en su seno, y conducir
políticamente el proceso que a dichos cambios corresponde para orientar
estratégicamente el rumbo de las transformaciones revolucionarias que
tendrán lugar como consecuencia de ello.

De igual manera y con origen en el mismo fenómeno, la concepción leninista
de la vanguardia se ha estigmatizado por las características concretas de
las organizaciones que hicieron suya esta concepción; características que en
gran medida responden a las circunstancias específicas en que surgieron y
han debido actuar estas organizaciones. En otras palabras, se ha confundido
la concepción de la vanguardia con algunas de sus variantes; en parte por
ser éstas las que adoptó el partido revolucionario cuyo origen fue
precisamente la formulación por Lenin de la teoría del partido de
vanguardia.

Esta variante es la de una vanguardia vertical hacia adentro (en la que el
derecho a la crítica está limitado al seno de la organización o en la que el
derecho a emitir opinión está limitado al momento en que aún la organización
política no ha asumido una posición oficial respecto al tema respecto al
cual se ejerce tal derecho) y cerrada hacia afuera (en la que no puede
entrar todo el que quiera). Pero esta variante (independientemente de en qué
casos se haya justificado y en qué casos no sea así) no tiene por qué ser
considerada como inherente a la condición de vanguardia que es propia de una
organización política consecuentemente revolucionaria, la cual puede por
tanto ser también horizontal hacia adentro (en la que la crítica se pueda
ejercer públicamente y en la que pueda emitirse opinión distinta a la de la
organización política sobre temas acerca de los que por tanto ya ésta haya
tomado posición, o bien la primera de estas prerrogativas) y abierta hacia
afuera (a la que pueda pertenecer todo el que lo desee). Otro criterio para
definir como vertical u horizontal una organización de vanguardia podría ser
el método de selección de sus militantes cuando existen diferentes
categorías de miembros: sería vertical en el caso de que los militantes sean
seleccionados por la dirigencia (como ocurría en el FSLN en la década de los
ochenta), y abierta cuando tal condición sea opcional de cada miembro (como
pasó a ser en el mismo partido desde 1994 hasta que desaparecieron las dos
categorías), habiendo un punto intermedio en caso de que los militantes sean
electos por el organismo de base al que les correspondería pertenecer, tal
como ocurre en el Partido Comunista de Cuba.

Lo dicho aquí sobre el tema de la vanguardia es válido para la condición de
vanguardia como carácter de la organización política (caso en el cual se
trata de una organización de vanguardia), y no solamente para tal condición
en el sentido de la capacidad de conducción política, liderazgo e influencia
que la organización de la cual se trate haya podido desarrollar en cada
momento histórico en el seno de la sociedad a la que pertenece (caso en el
cual la organización en cuestión sería no solamente de vanguardia, sino
también la vanguardia).

Se ha hecho hincapié en este tema de la teoría leninista de la vanguardia y
el centralismo democrático con el objetivo de desbrozar el camino que
conduce hacia una propuesta concreta sobre el carácter que debería tener –
en consecuencia con su necesidad – la Quinta Internacional. Según lo dicho
anteriormente acerca de las características del mundo actual que demandan la
existencia de una organización revolucionaria a nivel mundial, ésta sería
históricamente el partido mundial del movimiento revolucionario, por segunda
vez constituido pero luego de una primera experiencia y en circunstancias
distintas a la primera.

Un elemento importante a tomarse en cuenta es el ya señalado acerca de que
no ha triunfado nunca ninguna revolución como producto de la estrategia de
ninguna Internacional (incluso la Comuna de París, único triunfo
revolucionario – efímero, pero triunfo al fin – durante la existencia de una
Internacional – la Primera –, no fue producto de un plan que ésta tuviera al
respecto; al contrario y como se ha explicado, el propio Marx planteó en su
momento que un eventual alzamiento de los obreros parisienses estaba
destinado al fracaso, aunque él y la Internacional de la que era figura
central, apoyaron la Comuna una vez que dicho levantamiento hubo triunfado;
más bien, el fracaso de la Comuna fue para la Internacional una herida
mortal que la llevaría a su disolución). Sin embargo, debe reconocerse otra
verdad histórica: que ninguna revolución de carácter u orientación
socialista habría podido triunfar sin la existencia previa de la
Internacional: la Revolución Bolchevique no se concibe sin el trabajo
educativo y organizativo previo que a nivel del proletariado europeo en su
conjunto (incluyendo el ruso, por supuesto) hizo la Segunda Internacional;
la Revolución China difícilmente habría podido triunfar sin el apoyo
recibido por la Internacional Comunista (a pesar de los errores cometidos
inicialmente por ésta al dar orientaciones que ponían a los comunistas
chinos a merced de sus adversarios mortales); incluso, la Comuna de París no
habría tenido la importancia que tuvo como experiencia de lucha para las
clases populares sin el análisis que de ella hiciera Carlos Marx, la figura
más destacada de la Primera Internacional que además, destacó cuadros
importantes en apoyo a los comuneros, quienes además fueron asesorados
militarmente por Federico Engels, la figura más prominente de la
Internacional después de Marx y quien poseía conocimientos de artillería que
fueron de gran utilidad para prolongar la Comuna el tiempo suficiente que
haría de ella una experiencia tan importante. Anteriormente se exponía la
diferenciación de las Internacionales, hecha por Alicia Sagra: la Primera
Internacional fue un frente de masas, la Segunda una federación de partidos,
y la Tercera un partido mundial. En la actualidad, el frente de masas que
fue la Primera Internacional está presente (con sus propias particularidades
y guardando las distancias de todo tipo, especialmente por lo diferente de
la época) en el Foro Social Mundial; la federación de partidos que fue la
Segunda Internacional está presente (aunque no a nivel mundial, sino
continental y sin llegar a ser propiamente una federación, por tratarse más
bien de una instancia para el intercambio y el debate más que para la
coordinación en la acción, que por supuesto también se practica) en el Foro
de Sao Paulo. Hace falta – hoy más que nunca, por las razones ya planteadas
antes – el partido mundial de la revolución que fue la Tercera
Internacional. La experiencia de la Primera Internacional demostró la
necesidad de una organización con métodos que permitieran una mayor
efectividad en la acción, pudiendo decirse que en ella se pecó de
democratismo (viéndolo en retrospectiva, pues debe tomarse en cuenta que
eran apenas los inicios organizativos del movimiento revolucionario a nivel
mundial y por tanto, no puede analizarse esto como un error en esa época,
sino en todo caso como un déficit objetivamente determinado por la época).
La Segunda Internacional puso en evidencia la necesidad de contar con una
teoría política que indicara la manera mediante la cual debe organizarse la
lucha revolucionaria; siendo dicha teoría elaborada por Lenin y, aunque ya
no fue utilizada por una Internacional que decaía ante el reto de la
historia (la Segunda), quedó como una herramienta invaluable en la acción
revolucionaria posterior que sin embargo, fue aplicada de forma mecánica y
sectaria por la Tercera Internacional luego de la muerte de su fundador. Un
error notable de esta Internacional (la Internacional Comunista) fue el
excesivo verticalismo en su seno, de modo que las decisiones tomadas por el
conjunto de los partidos (por votación o incluso, a veces eran decisiones
tomadas por el Partido Comunista de la Unión Soviética o para ser más
claros, por Stalin) eran de obligatorio cumplimiento para cada uno de ellos,
aunque se tratara de la situación concreta de un país específico y en el
partido correspondiente prevaleciera una posición política diferente de la
que era mayoritaria a nivel de la Internacional; lo cual además, no tomaba
en cuenta el peso de cada partido en cantidad de miembros, influencia en la
sociedad, etc.

En este sentido, la Quinta Internacional (la del período de la globalización
y la del momento decisivo en el que debido a la crisis ecológica, si no
triunfa esta vez la revolución socialista a nivel mundial la humanidad
estaría llegando a su fin) vendría a ser – para su funcionamiento efectivo –
en cierto modo, un término medio entre el partido mundial en el mismo
sentido que lo fue la Tercera, y la federación constituida por la Segunda,
siendo a la vez de cierta manera, ambas cosas. Pero al mismo tiempo –
tomando en cuenta la importancia creciente del movimiento social (que será
retomada más adelante) –, la Quinta tendría cierta similitud con el frente
de masas que fue la Primera y con la diversidad de ésta, en aquel momento
producto de que se daban apenas los primeros pasos organizativos del
movimiento revolucionario a nivel mundial, y ahora como resultado de la
búsqueda teórica originada en la crisis de la rigidez que caracterizó a la
teoría revolucionaria oficialmente reconocida como tal, hasta el colapso del
modelo social en cuyo contexto existió tal rigidez. Al mismo tiempo, el
programa de la Quinta Internacional tendría que ser producto de la
experiencia no solamente exitosa, sino también fallida del socialismo
precedente, tal como lo quiso ser sin lograrlo (posiblemente por la
demasiado temprana muerte de su fundador, Trotsky) la Cuarta Internacional.
En la línea de las denominaciones hechas por Trotsky de la Primera como de
la anticipación, por Novack de la Segunda como de la organización, por Lenin
de la Tercera como de la acción y en este artículo de la Cuarta como de la
crítica, la Quinta Internacional sería de la organización, la acción y la
crítica al mismo tiempo.

En concreto, esta organización internacional de partidos revolucionarios
tendría el carácter de un partido revolucionario mundial con decisiones de
obligatorio cumplimiento para sus integrantes; pero haciéndose una
diferenciación entre las que sean de carácter internacional, las regionales
y las que se refieran a la situación nacional de un país específico,
aumentando la importancia de la posición política del partido o partidos del
país o región (respectivamente) que corresponda, en tanto la situación tenga
un carácter más local y menos mundial; de manera que por ejemplo, al
tratarse de la situación específica de un país, no pueda adoptarse ninguna
decisión con la que no esté de acuerdo el partido correspondiente, entre
otras cosas porque tal decisión sería inaplicable. De igual forma, todas las
decisiones tendrían que tomarse por consenso y no por mayoría, para así
evitar incoherencias entre el peso del voto y el de la organización política
que lo ejerce, siendo por lo demás irrisorio establecer parámetros según los
cuales el peso de cada organización determine el número de votos con que
cada una cuente, a lo que debería agregarse que ese peso es cambiante y no
siempre se está en condiciones de percibir el momento en que tal
modificación tiene lugar. De modo pues, que esta propuesta podría
considerarse como orientada hacia la mayor apertura posible en el marco de
la necesidad de que exista un partido mundial de la revolución, que en aras
de su efectividad debe incluir la disciplina como un principio en su
funcionamiento. En otras palabras, en esta nueva Internacional se estaría
combinando la máxima libertad con la máxima disciplina posibles, para lo
cual el centralismo democrático como expresión de la teoría del partido de
vanguardia, flexiblemente aplicado continúa siendo no solamente útil, sino
indispensable. La presencia de varias organizaciones de un mismo país
obligaría a éstas a actuar juntas en lo que respecta a las líneas
estratégicas internacionales, lo cual sería motivo para su acercamiento
mutuo, incluso posiblemente hasta convertirse en una misma organización o
cuando menos, a aliarse para efectos de la vida política interna del país al
que pertenecen, pudiendo ser esto último una norma interna en el
funcionamiento de la Internacional, que podría contribuir decisivamente a la
unidad de la izquierda a nivel local y como consecuencia, también a nivel
mundial. Sin embargo – y para que exista una coherencia mínima –, la(s)
primera(s) organización(es) en incorporarse dentro de cada país debería(n)
tener poder de veto respecto al ingreso de otra(s) organización(es) del
mismo país. Lo que no parece razonable es la propuesta del escritor y
periodista argentino Luis Bilbao, de que el órgano de dirección
internacional esté integrado sólo (…) por representantes de partidos de
aquellos países donde no exista más de una organización reconocida, puesto
que constituye una contraproducente (además de injusta) discriminación
posiblemente en detrimento de la calidad de tal órgano de dirección. Un
asunto importante – en vista del creciente peso de los movimientos sociales
como producto de la potencialmente revolucionaria decadencia de los partidos
políticos en tanto expresión de la crisis del sistema político democrático
representativo – sería el ingreso no solamente de partidos políticos, sino
de organizaciones sociales; muchas de las cuales han asumido incluso, tareas
políticas propias de los partidos de vanguardia, tal como es el caso del
Movimiento de los Sin Tierra en Brasil para la situación del sector rural en
el gigantesco país sudamericano.

Un tema muy importante en relación con la cohesión de la nueva Internacional
es el del vínculo de dicha cohesión con la diferencia entre lo político y lo
ideológico. Luis Bilbao plantea que la Quinta Internacional debería
caracterizarse por su heterogeneidad ideológica y su homogeneidad
política,16 frente a lo cual habría que agregar lo siguiente: La
heterogeneidad ideológica se tendría que asumir como el punto de partida
para señalar la necesidad de un planteamiento ideológico común (la unidad
nace de la diversidad), pues de lo contrario la Internacional sería una
alianza para alcanzar objetivos mucho más transitorios y por tanto, mucho
menos definitivos que los de una fuerza identificada con el objetivo
estratégico (e ideológicamente común por sus alcances) de sustituir el
capitalismo por el socialismo como paso intermedio para la construcción de
una sociedad completamente justa y libre; igualitaria en lo social (luego de
la transición socialista, equitativamente igualitaria); equitativa en cuanto
al género y en lo generacional; ecológicamente sostenible; y suficientemente
próspera en lo económico para garantizar las condiciones mínimas
indispensables del bienestar material y espiritual, y no para la
ecológicamente insostenible – y tradicionalmente aceptada por el marxismo
manualesco – satisfacción de las necesidades crecientes, siendo válido en
este sentido lo que Raúl Sendic identificaba como el aislamiento de las
necesidades principales para su plena satisfacción;17 una sociedad en la que
el ser humano actúe, trabaje y produzca bienes y riquezas motivado
espiritual y colectivamente.

Estas son las premisas mínimas indispensables alrededor de las cuales pueden
hacer causa común todos los revolucionarios del mundo (comunistas marxistas
y de todas las tendencias posibles, socialistas revolucionarios,
anarquistas, cristianos por la liberación del ser humano respecto a la
enajenación del consumismo individualista, etc.); es decir, la
heterogeneidad ideológica tendría necesariamente los mismos límites que
existen entre revolución y reforma como objetivo programático final o lo que
constituye para un movimiento político su razón de ser. En otras palabras,
todas las organizaciones políticas y sociales que pertenezcan a la
Internacional deberían identificarse entre sí en base a su compromiso común
con la transformación revolucionaria de la sociedad o lo que es igual, la
sustitución del sistema capitalista (basado en la explotación entre unos
seres humanos y otros para la creación y concentración de riquezas en
función de su acumulación por aquellos en cuyas manos se concentran) por el
sistema socialista (basado en la colaboración entre los seres humanos para
la creación y distribución de las riquezas en función de la satisfacción de
las necesidades vinculadas con el bienestar material y espiritual de todos
los individuos); pues es en función de esto que se plantea precisamente la
necesidad de la acción revolucionaria común a nivel mundial en la época de
la globalización y la crisis actual del capitalismo, en este último caso por
ser esta crisis la del sistema que sería suprimido por la revolución.
Mientras por su parte, la heterogeneidad ideológica limitaría la
homogeneidad política a ciertos temas que deben ser identificados bajo el
método antes planteado de que en tanto más globales sean, más homogeneidad
exista respecto a ellos y viceversa, en tanto su carácter sea más local,
haya más heterogeneidad alrededor suyo.

La lucha revolucionaria como actitud ante la vida y la transformación
revolucionaria de la sociedad como actitud ante la realidad social. Quizás
el cuestionamiento más importante que ha tenido el reciente llamamiento a la
formación de la Quinta Internacional – sintomáticamente hecho por Hugo
Chávez, líder del proceso revolucionario que ha servido de locomotora al
actual auge de la izquierda en América Latina como parte de las condiciones
favorables a un cambio revolucionario a nivel continental en un plazo más
corto que largo en el único lugar del mundo donde existe un clima político
favorable a la socialmente necesaria y ecológicamente urgente revolución
mundial – ha sido que una Internacional debe ser resultado de un proceso de
búsqueda y construcción de propuestas y no al contrario, y que por tanto no
se puede hacer un llamado a organizar la Internacional y dejar que ésta se
encargue luego de identificar las acciones comunes que puedan convocar a los
revolucionarios del mundo, sino que es la identificación previa de estas
acciones lo que debe servir como punto de partida para la conformación de la
Internacional, en caso de que como producto de la identificación de dichos
puntos, resulte la certeza de que ésta es necesaria.

La autenticidad de la actitud revolucionaria ante la vida y la realidad
social se puede comprobar de dos maneras, e identificando en quienes se
autoproclaman revolucionarios a uno de dos tipos de seres humanos, muy
diferentes entre sí: una manera es identificar estos dos tipos de persona
estableciendo la diferencia existente entre los que llaman a la lucha y la
asumen, o acuden al llamado y luchan; y los que nunca luchan porque se la
pasan “analizando” por qué lucharán, y por tanto lo mismo hacen con los
llamados a la lucha: analizarlos, criticarlos, negarse a luchar y
desmovilizar a los que acuden al llamado. Tal como dijo Fidel Castro hace
más de cuarenta años (véase el encabezado de este artículo), quienes además
de plantear que no es el momento de luchar o que la lucha planteada no es la
correcta, utilizan este planteamiento como justificación teórica para
negarse a luchar, a lo que están renunciando no es a un tipo de lucha
revolucionaria, sino a la lucha revolucionaria misma.

La otra manera de medir la autenticidad revolucionaria es distinguir entre
estos dos tipos de seres humanos en relación con el tema de las
transformaciones revolucionarias y las reformas: tal como lo planteó Rosa
Luxemburgo (en la frase igualmente plasmada al inicio de este trabajo),
cuando el cambio revolucionario es declarado imposible o inviable, y
producto de ello se asume el camino de las reformas en espera de un futuro
lejano en el que quizás se puedan hacer los cambios o en el que como
producto de las reformas, éstos se den como frutos maduros, a lo que se está
renunciando no es a una manera de hacer la revolución, sino a la revolución
misma que se plantea como objetivo el cambio de sistema, y las reformas
dentro del sistema se convierten en el objetivo final de quienes pregonan
este camino.

Quienes cuestionan el llamado a La Internacional hecho por Chávez y más aún,
el indispensable plazo planteado para su instalación por los partidos de
izquierda reunidos en Caracas en ese momento, quedan sin argumento alguno
con sólo una pregunta: ¿quién se encargaría, en el esquema planteado por
ellos, de esa búsqueda previa de acciones comunes o temas que identifiquen
entre sí a las organizaciones de izquierda del mundo entero, para después –
en caso de que se llegue a la conclusión de que es necesario – hacer el
llamado a la Internacional? Esa búsqueda es necesaria, sin duda; pero
primero debe definirse quiénes la harán. En el esquema de quienes nos
identificamos con el llamado de Chávez y con la necesidad del plazo
planteado por la urgencia de lo que debe hacerse al respecto, el llamado es
precisamente a esa búsqueda; la convocatoria a la Quinta Internacional es en
primer lugar, a la identificación colectiva de las acciones comunes y de las
posiciones que identifiquen entre sí a todas las organizaciones
revolucionarias y a los revolucionarios desorganizados del mundo para luchar
juntos como única manera de que esa lucha triunfe en el mundo actual. Es
decir, primero debe motivarse – y es eso lo que ha hecho Chávez – esa
búsqueda consciente y común de quienes estando conscientes de la necesidad
de hacerlo, de esta manera se reconozcan mutuamente y así, colectivamente
hacer que surjan las ideas para darle forma concreta a la existencia de algo
tan grande y tan importante, y que por eso mismo es imposible de lograr sin
ese impulso previo, sin ese entusiasmo y esa acción colectiva previos, cuya
primera gran meta deberá ser, por consiguiente, convocarse; reunirse;
identificarse mutuamente. Que es para lo que se ha planteado como plazo el
mes de abril del presente año; es la única manera de acudir en tiempo y
forma a globalizar la lucha y la esperanza, actual equivalente del viejo
llamado de Marx y Engels a la unidad de los proletarios, hecho ahora desde
el Foro Social Mundial, pionero formidable de la Quinta Internacional o por
el contrario – es decir, de no llegar ésta a existir –, una forma muy
ingeniosa del sistema para entretener en conversaciones consigo mismos y
desahogos interminables a quienes pretenden cambiarlo o creen querer
hacerlo, precisamente para que ese entretenimiento se lo impida. No
esperemos más, compañeros: revolucionarios del mundo, UNÁMONOS. Último
aviso.

Artículo de www.profesionalespcm.org insertado por: El administrador web - Fecha: 06/01/2010 - Modificar

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