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Secciones: Cine -  Sexualidad y mundo gay

Título: La chica danesa: amor, art decó y cambio de sexo- Enlace 1

Texto del artículo:

Tomado de Crónica Popular"

La chica danesa: amor, art decó y cambio de sexo


18 enero, 2016 •


Ilsa Lund ||


Periodista ||

“Solo he querido a unas pocas personas en mi vida y tu eres dos de ellas”. I’ve only liked a handful of people in my life, and you’ve been two of them. (Hans Axgil, amigo de Einar y amante de Gerda)


La chica danesa repasa la notable historia de amor de Gerda y Einar Wegener (más tarde Lilí Elbe), la artista danesa que fue la primera persona que se sometió a una operación de cambio de sexo, en 1930. Basada en la novela del mismo título de David Ebershoff, la realización es de Tom Hooper (El discurso del rey, Los miserables) y está protagonizada por el británico Eddie Redmayne (La teoría del todo) y la sueca Alicia Vikander (Ex Machina).


01_03Chica-danesa_Tras conseguir el Oscar 2015 al Mejor actor por su interpretación del científico Stephen Hawking en Una maravillosa historia del tiempo, el joven actor británico Eddie Redmayne (34 años) se presta a otra sorprendente transformación en La chica danesa. Esta vez cambia de sexo, empieza la película como el pintor paisajista danés Einar Wegener y la termina falleciendo como la joven Lili Elbe tras haberse sometido a dos operaciones quirúrgicas pioneras en su época, la primera para efectuar una ablación de los genitales masculinos, que fue un éxito, y la segunda para una reconstrucción de vagina, que terminó poniendo fin a su vida justamente en el momento en que empezaba a sentirse a gusto con su cuerpo y soñaba un futuro, quizá excesivo.


El resultado es un hermoso biopic, una biografía llena de amor en unos años en que las cosas empezaban a cambiar en esta parte del mundo, las mujeres conseguían sus primeros triunfos en la lucha por ocupar su lugar en el entramado social y Europa –Londres, París, Berlín…-era el centro del mundo del arte, generando nuevas formas de vida y una estética muy especial, elegante y refinada, que en la película aparece en los interiores de las viviendas, los clubs, los restaurantes, las galerías… y en la evolución de la moda, especialmente femenina pero también la de los hombres.


En el matrimonio formado por la encantadora y bellísima pareja de pintores Gerda y Einar Wegener los sentimientos y la realidad empiezan a transformarse cuando la mujer consigue que un marchante se interese por una serie que ha pintado con una única protagonista. Los críticos y los asistentes a la inauguración preguntan por la modelo y Gerda dice que no ha acudido, solo que no es cierto: la modelo está en la sala como marido de la artista: ha sido Einar quien ha posado para los cuadros y asiste a la fiesta escondido tras una escalera. El cuerpo de Einar es el de un hombre pero al verse en los cuadros de Gerda ha descubierto su auténtico yo. A partir de aquí la historia de la pareja es la de un amor solidario que lo resiste todo.


Aunque el mayor peso de la narración recae sobre el actor masculino, y su paulatina transformación en la mujer que llevaba dentro desde su nacimiento (ya en la adolescencia se había sentido inclinado por otros hombres, y especialmente por su mejor amigo Hans), no hay que desdeñar la interpretación de Alicia Vikander, como la compañera más leal que pueda soñarse, la que a su pesar empuja al marido –del que está profundamente enamorada- a encontrar su auténtica identidad, la que le acompaña a “aprender a ser Lilí” –en un proceso de cambio al que acompaña la brillante estética de la película- incluso cuando sucesivos especialistas médicos le diagnostican primero “homosexualidad”, como enfermedad que puede intentar curarse, y posteriormente “esquizofrenia”, porque es dos personas en una. Evidentemente, en aquellos años de la primera mitad del siglo XX a la medicina le quedaban por dar grandes pasos en los campos de la psicología y la psiquiatría, y a la sociedad aceptar que, en cuestión de géneros, no todo estaba escrito.



 


El hijo de Saúl, el holocausto visto desde dentro del horror


Gran Premio del Jurado y Premio Fipresci en el Festival de Cannes 2015, El hijo de Saúl, opera prima del húngaro Laszlo Nemes (38 años) es “una obra original y potente, tanto por su tema como por sus opciones de puesta en escena” (Julio Feo, Periodistas en español). Una historia del holocausto en los campos de la muerte nazis que inevitablemente recuerda la vieja Kapo (1961) de Gillo Pontecorvo pues, lo mismo que aquella, el personaje principal es uno de los kapos o sonderkomandos, deportados judíos presos que –elegidos por los verdugos- conducían a las cámaras de gas, a cientos de miles de judíos y antifascistas; después se encargaban de transportar los cuerpos al crematorio y dispersar las cenizas en riachuelos cercanos.


01_El-hijo-de-SaulLos kapos –un engranaje más de la mecánica genocida- tenían un estatuto especial en el campo, lo que en absoluto significaba que quedaran al margen de la permanente violencia de los crueles militares nazis; sencillamente, mientras ejercían su función estaban seguros de conservar la vida. Y eso era lo que hacían: intentar sobrevivir en aquel clima de odio y muerte aunque, cuando presentó la película en Cannes, el realizador declaró que “la historia de loa campos no es una historia de supervivencia, sino de muerte”.


El hijo de Saúl, basado en un libro de testimonios de supervivientes de los campos de muerte titulado Voces bajo las cenizas, cuenta los avatares de uno de uno de aquellos kapos, Saúl Auslander –interpretado por el actor y escritor húngaro Geza Rohrig-, integrante de una brigada de limpiadores de cadáveres en Auschwitz que presencia la muerte de un joven judío, que continuaba respirando tras haber pasado por la cámara de gas, y al que los médicos nazis quieren hacer una autopsia. Identificando al adolescente con su propio hijo, y queriendo salvar a un muerto ya que no puede hacerlo con un vivo, Saúl intenta robar el cadáver, y encontrar un rabino entre los presos, para darle sepultura cumpliendo con el rito de su religión “en ese infierno que va de las  cámaras de gas, a los hornos, las salas donde se desnudaba a los presos o las fosas comunes… Un infierno que  Nemes filma en formato 40 milímetros, de cerca y siempre desde el punto de vista de su protagonista omnipresente en la imagen (…) El horror queda así siempre desenfocado, o bien fuera de campo. Un hallazgo formal que confiere una poderosa fuerza al relato” (http://periodistas-es.com/cannes-2015-sorprenden-el-hijo-de-saul-y-the-lobster-52577).


Al aventurarse en el peligroso territorio de la Shoah –que el cine ha contado en múltiples ocasiones, por activa y por pasiva- el debutante Laszlo Nemes tiene el acierto de evitar la mayoría de los tópicos (no por tópicos menos verdaderos) que ha cultivado el género, y no contentarse con la visión más que superficial, y casi siempre alejada de la realidad, que normalmente dan las producciones de Hollywood a este episodio, tan espantoso como dramático, de la historia europea del siglo XX.


Lo que Nemes ha querido mostrar es lo que el escritor y deportado italiano Primo Levi definía como la “zona gris”: la relación entre el verdugo y la víctima, la elección forzosa de hombres y mujeres detenidos para que colaboraran en la eliminación de sus compañeros.