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Título: Libro EL IMPERIALISMO Y LOS IMPERIALISTAS, por V.I.LENIN- Enlace 1

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A continuación reproducimos la primera hoja, índice y prefacio:


LENIN
EL IMPERIALISMO Y LOS IMPERIALISTAS
¡Proletarios de todos los países, uníos!
V. I. Lenin
Editorial Progreso
Moscú, URSS , 1975

DE LA EDITORIAL
Los artículos y discursos que figuran en la presente recopilación han sido traducidos de la 5ª edición
en ruso de las Obras Completas de V. I. Lenin. Al final de cada trabajo, a la derecha, se indican el tomo y
las páginas correspondientes.


Prefacio
La depauperación en la sociedad capitalista
Los armamentos y el capitalismo
Aumento de la riqueza capitalista
Barbarie civilizada
Del artículo «La guerra y la socialdemocracia en Rusia»
Del folleto «El socialismo y la guerra»
Prefacio al folleto de N. Bujarin «La economía mundial y el imperialismo»
De la obra «El imperialismo, fase superior del capitalismo»
Del folleto «Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”»
Del artículo «Un viraje en la política mundial»
De la conferencia «La guerra y la revolución»
De los materiales sobre la revisión del Programa del partido»
Carta a los obreros norteamericanos
Del «Proyecto de Programa del PC (Bolchevique) de Rusia»
De las «Respuestas a las preguntas de un periodista norteamericano»
Del «Informe en el I Congreso de cosacos trabajadores de toda Rusia, pronunciado el 1 de marzo de
1920»
Del «Informe acerca de las concesiones, pronunciado en la reunión de activistas de las
organizaciones de Moscú del PC(b) de Rusia, el 6 de diciembre de 1920


PREFACIO
El análisis del imperialismo como fase nueva y última en el desarrollo del capitalismo ocupa
verdaderamente un lugar de primer orden en el legado teórico de Vladímir Ilich Lenin. Gracias
a este estudio, gigantesco por su amplitud y profundidad, la ciencia marxista se enriqueció con
el conocimiento de muchas peculiaridades decisivas del proceso histórico de la época
contemporánea. Se colocó la piedra angular de la teoría de la revolución socialista y aparecieron
en un nuevo aspecto las vías del progreso social, cuyo contenido principal es la transición del
capitalismo al socialismo a escala mundial.
Después de ser derrotada la Comuna de París (1871), cuyo centenario ha conmemorado la
humanidad progresista como un jalón importante de su historia, la situación económica y
política en Europa Occidental vino determinada por un afianzamiento de las posiciones de la
burguesía contrarrevolucionaria, un impetuoso crecimiento de los monopolios y una furiosa
expansión colonial. Esto fenómenos marcaron el comienzo de la transición del capitalismo a
una fase nueva: la fase imperialista. En los países más desarrollados en el aspecto industrial se
crearon condiciones que facilitaban el acrecentamiento de las fuerzas reaccionarias y
obstaculizaban un nuevo ascenso revolucionario.
En tan compleja situación histórica, sólo un sabio genial y luchador revolucionario perspicaz
podía continuar la investigación de las vías del desarrollo mundial, iniciada por Carolos Marx y
Federico Engels. Esa misión la cumplió Lenin.
El análisis profundo y polifacético del imperialismo, de sus fuerzas motrices y de la lógica
interna de su desenvolvimiento, de los puntos débiles y fuertes del capitalismo monopolista de
Estado, de sus peculiaridades y rasgos característicos y sus contradicciones principales pasó a
ser parte inalienable de la teoría revolucionaria del proletariado del siglo XX. Lenin es, en el
pleno sentido de la palabra, el fundador de la economía política del imperialismo. Pertrechó a
las fuerzas revolucionarias con una definición científica de los procesos vinculados a la
formación y el desarrollo del imperialismo y con un método materialista dialéctico que permite
conocer sus cambios ulteriores. De esta forma aseguró un punto de orientación infalible para
comprender los nuevos fenómenos que se proceden en la economía y la política del capitalismo
contemporáneo. Los postulados fundamentales del análisis leninista han resistido brillantemente
la prueba del tiempo en la época más tempestuosa y dinámica que conoce la historia del género
humano.
Al investigar el capitalismo de su tiempo, Lenin, lo mismo que Marx, tomó la base
económica como punto de partida. Rechazó resueltamente la concepción de Kautsky —
defectuosa metodológicamente y errónea desde el punto de vista histórico—, que definía el
imperialismo como una política determinada de la burguesía, y centró su atención en el análisis
de las relaciones socioeconómicas de la sociedad burguesa de su tiempo, en el estudio de la
evolución del imperialismo como formación social.
En el análisis leninista —que puso al desnudo las leyes cardinales, básicas, del desarrollo del
imperialismo—, el monopolio desempeña el papel principal. No en vano decía Lenin: «Si fuera
necesario dar una definición lo más breve posible del imperialismo, debería decirse que el
imperialismo es la fase monopolista del capitalismo»*. El análisis teórico le llevó a descubrir
que en la sustitución de la libre competencia por los monopolios radica «la esencia económica
del imperialismo»**.
La dialéctica leninista permitió observar que el reforzamiento gradual de la dominación de
los monopolios hace que algunas peculiaridades inherentes al capitalismo, que lo caracterizaron
como un régimen social ascendente, se transformen en su antítesis. El carácter explosivo de sus
deducciones históricas dimanaba del siguiente hecho: el capitalismo, al alcanzar un grado
nuevo, más elevado, de desarrollo de las fuerzas productivas y de socialización de la producción
y progresar, en general, con bastante mayor rapidez que antes, se convierte al mismo tiempo —a
despecho de todas las afirmaciones reformistas sobre el reforzamiento de su organización y
poderío— en un régimen en descomposición, parasitario y agonizante. El estudio de las
tendencias engendradas por la dominación de los monopolios permitió a Lenin ver la
perspectiva histórica de desarrollo de la sociedad humana y le llevó a elaborar una nueva
estrategia de la revolución socialista mundial.
La deducción de Lenin sobre los destinos del imperialismo como régimen social agonizante
es la encarnación viva del optimismo revolucionario y del profundísimo convencimiento del
carácter progresivo del desarrollo social, propios orgánicamente de la teoría marxista. Los
* Véase la presente recopilación, pág. 52.
** Ibid., pág. 95.
marxistas no dudan ni han dudado nunca de que si el desarrollo del capitalismo en línea
ascensional ha sido reemplazado por su incesante declive hacia el fin ineluctable, si el
capitalismo excesivamente maduro se ha convertido en un freno del progreso social, eso
significa un atolladero no para la humanidad, sino para el propio régimen socioeconómico
caduco desde el punto de vista histórico.
Ello constituye un testimonio de que se acerca inexorablemente la sustitución revolucionaria
de las relaciones de producción capitalistas con las relaciones de producción socialistas.
En su análisis del imperialismo, Lenin esclareció, ante todo, cómo influyen en las fuerzas
productivas la concentración de la producción y del capital, así como el monopolio, nacido de
ella, y qué procesos les hacen conducir al capitalismo al grado superior de desarrollo.
La libre competencia, actuando en consonancia con las leyes de la selección «natural», había
de engendrar forzosamente su propio contrario: el monopolio. El robustecimiento de un puñado
de gigantes industriales va acompañado del perecimiento y la ruina de gran cantidad de rivales
débiles, de empresas pequeñas y medianas. Los procesos de concentración de la producción y
de centralización del capital llevan a que la parte fundamental de la producción en las ramas
industriales más importantes empiece a corresponder a un grupo de compañías cada día más
reducido. Con ello surgen las premisas que permiten a dichas compañías concertar el cese de la
competencia y la implantación de precios monopolistas. Al llegar a un acuerdo sobre los precios
y las esferas de influencia, los monopolios pueden apreciar de una manera más realista las
perspectivas de la demanda de su producción y, en consecuencia, de planificar esta última.
Semejante posibilidad crece a medida que se afianza la situación monopolista en el mercado
mediante la conquista de las fuentes de materias primas, de la red comercial, del transporte y de
otros factores materiales que aseguran la reproducción ampliada del capital. Las ganancias
monopolistas amplían las probabilidades de nuevas inversiones de capital sobre la base de la
técnica más moderna, lo que aumenta la eficacia y la rentabilidad de la producción. La forma de
las sociedades anónimas permite a las grandes compañías, que actúan estrechamente vinculadas
a los bancos, movilizar una parte considerable de los recursos pecuniarios de la sociedad y
utilizarlos para seguir aumentando su potencial productivo y consolidar sus posiciones en el
mercado. Todo ello ofrece nuevas posibilidades para elevar el nivel de concentración y
centralización del capital, así como para aprovechar las ventajas de la cooperación del trabajo a
gran escala y de su especialización y división.
El monopolio ejerce una doble influencia en las fuerzas productivas. Al aumentar el carácter
social de la producción, impulsa objetivamente su desarrollo. Pero, paralelamente, el monopolio
engendra tendencias que conducen a la putrefacción y frenan el progreso técnico. El monopolio
permite acrecentar los beneficios no sólo mediante el incremento de la producción y la
reducción de los gastos, sino que también limitando el crecimiento de la producción, e incluso
reduciéndola de manera directa, al mismo tiempo que se elevan artificialmente los precios. Las
compañías más importantes pueden comprar patentes prometedoras para impedir que sean
aplicadas en la producción y que se fortalezcan los competidores. Cierto que semejantes
acciones de los monopolios, dimanantes de su esencia económica chocan con la competencia de
otros monopolios tanto dentro del país respectivo como en el mercado mundial.
Así pues, coexisten la tendencia a la descomposición, inherente a los monopolios, y las
posibilidades de rápido crecimiento que lleva en sí. Y son precisamente su lucha y su relación
concreta en tal o cual período las que determinan la magnitud, el ritmo y la dirección del
desenvolvimiento económico de los países capitalistas.
Partiendo del análisis de los procesos de concentración y monopolización de la producción,
Lenin formuló sus famosos cinco rasgos económicos del imperialismo, que distinguen la nueva
fase de desarrollo de la sociedad burguesa del capitalismo basado en la libre competencia. Estos
rasgos conservan su significación también en el capitalismo monopolista de nuestros días,
aunque dicho sea con palabras de Marx, a semejanza de cualquier ley del capitalismo, se
modifican en su aplicación por una serie de circunstancias*. En particular, el reforzamiento del
dominio de los monopolios, condicionado por el proceso objetivo de la concentración y
centralización del capital, es apoyado al máximo por el desarrollo y la intensificación del papel
económico del Estado burgués. Por otra parte, la lucha de clases —que en nuestros días ha
adquirido el carácter de un proceso revolucionario universal— obstaculiza ese reforzamiento de
la dominación del capital monopolista. La necesidad de hacer frente al embate de las fuerzas
revolucionarias, que atacan a los monopolios desde el frente y desde la retaguardia, desde
dentro y desde fuera, deja una profunda huella en toda su política económica, impide que los
monopolios tengan «las manos libres» por completo y les obliga a recurrir a las maniobras
sociales y a hacer concesiones. Empero, las condiciones diversas y contradictorias han
modificado en lo más mínimo la esencia de los rasgos del imperialismo descubiertos por Lenin
ni su papel como un sistema determinado de leyes económicas concatenadas.
Lenin subrayó en el primer rasgo del imperialismo la importancia de al concentración y
centralización del capital que desemboca en la formación de los monopolios. Este proceso se
intensifica especialmente durante los períodos históricos en que el capitalismo vive singulares
«oleadas» de fusiones y absorciones, las cuales originan saltos bruscos en el nivel de
concentración monopolista. Una nueva «oleada» de este tipo empezó a extenderse por el mundo
capitalista a mediados, aproximadamente, de los años 50. Esta oleada, sin precedente por su
magnitud, ha elevado el nivel de concentración del capital, alto de por sí, a una «etapa»
cualitativamente nueva.
En las condiciones del imperialismo de comienzos de siglo, la dominación de los
monopolios era peculiar principalmente de las ramas de la industria pesada. En la actualidad, la
estructura monopolista se ha extendido a casi todas las ramas de la economía, con la
particularidad de que los monopolios arrastran también a su órbita la esfera improductiva.
La concentración de la producción y del capital alcanza el más alto nivel en las ramas
industriales. Por ejemplo, en 1966, en los EE.UU. correspondían a las cuatro compañías
principales de las ramas correspondientes: el 70% de la fabricación de automóviles y piezas de
recambio, el 67% de los aviones y computadoras electrónicas, el 55% de la producción de la
química orgánica, el 49% de la fundación de arrabio y acero, etc. En Inglaterra, en 1968 se
hallaban en manos de una sola compañía más del 90% de la producción de energía eléctrica y
acero, de la extracción de carbón y de la fabricación de helicópteros, automóviles y
locomotoras; del 70 al 80% de la producción de tractores, fibras artificiales, quipos electrónicos,
etc.
La misma situación se observa en Francia, República Federal de Alemania, Japón y otros
países capitalistas desarrollados.
El cuadro de la concentración sectorial se complica seriamente por el hecho de que, durante
los diez o quince años últimos, se ha convertido en un rasgo peculiar la penetración de los más
grandes monopolios en ramas «ajenas»: la compra de compañías y empresas que complementan
el complejo productivo de un monopolio o que no tienen en absoluto ningún vínculo
* Véase C. Marx. El Capital. C. Marx y F. Engels. Obras, ed. en ruso, t. 23, pág. 659.
tecnológico con él. Crecen la ojos vistas las compañías gigantescas —los llamados
conglomerados—, en las que bajo el rótulo de un monopolio se agrupan empresas de las ramas
más diversas, así como bancos y otras instituciones organizadas y financieras que satisfacen sus
necesidades.
La ausencia de vínculos de producción entre las diversas empresas que forman el
conglomerado y, a consecuencia de su desarrollo, la complicación general de toda la vida
económica conducen objetivamente a la anarquía de la producción y minan la posibilidad y la
eficacia de la regulación estatal-monopolista. La nueva crisis económica desencadenada en los
EE.UU. en 1969-1970 y la disminución de la coyuntura en otros países desarrollados en el
aspecto industrial disiparon el mito de la mayor estabilidad de los conglomerados ante la
espontaneidad del mercado. Durante la crisis, la situación financiera de los monopoliosconglomerados
fue mucho más grave, y la baja de sus acciones mucho más profunda, que la de
los monopolios sectoriales tradicionales. El surgimiento de los conglomerados refleja la
acentuación de la tendencia hacia una socialización cada día mayor de la producción. Agrava
más aún la contradicción entre el carácter social de la moderna producción capitalista y sus
principios de organización, basados en la propiedad privada. La socialización de la producción
quebranta más y más los puntales del capitalismo y hace más evidente cada día la imperiosa
necesidad de pasar a las formas socialistas de propiedad y a los métodos planificados de gestión
económica.
La economía del capitalismo contemporáneo muestra la clara conexión existente entre los
dos primeros rasgos del imperialismo: entre la creciente concentración de la producción y del
capital y el aumento del poder de la oligarquía financiera.
El capital financiero, que ha surgido y se desarrolla sobre la base del estrecho
entrelazamiento del capital de los monopolios industriales y bancarios, exacerba todo el
conjunto de contradicciones sociales. Se intensifica no sólo la explotación de los trabajadores,
que origina un aumento de la incandescencia de la lucha de clases. Se agravan también las
contradicciones en el seno de la propia clase dominante, aumenta, como previera Lenin, la
división en el campo de la burguesía. Un pequeño grupo de monopolistas, representados por la
oligarquía financiera, se apropia de las superganancias monopolistas, contraponiéndose así no
sólo a los trabajadores, sino también al vasto sector de la burguesía media y pequeña, que se ve
desplazada de las más ventajosas fuentes de ingresos. En provecho de la oligarquía financiera se
redistribuye asimismo una parte considerable de las sumas del presupuesto estatal, por el que
pasa en nuestros días cerca de un tercio de la renta nacional de los países capitalistas
desarrollados.
Después de la guerra, la oligarquía financiera ha reorganizado radicalmente todo su sistema
de instituciones bancarias, implantando en la práctica su control sobre todo el dinero
temporalmente libre de la sociedad, incluidos los ahorros de los trabajadores. Es significativo
que en la suma total de los activos del sistema bancario norteamericano haya aumentado el 23%
en 1929 al 41% en 1967 la parte correspondiente a las instituciones de ahorro y de seguros
cuyos clientes son las grandes masas trabajadoras.
La ensambladura de los grandes bancos con los monopolios industriales ha dado vida a
potentes asociaciones del capital —los grupos financieros—, cuyos integrantes están
estrechamente ligados entre sí por la posesión recíproca de acciones, la unión personal y la
comunidad de intereses en la lucha competitiva.
Con artimañas diversas, los grupos financieros someten a su control vastas esferas de la
economía. Por ejemplo, 19 grupos financieros de los EE.UU., de los que forman parte cerca de
200 monopolios, controlan alrededor del 60% de la producción industrial del país. El más
importante —el grupo Morgan— incluye en su esfera de influencia no menos de veinte
gigantescos bancos, compañías de seguros y cajas de ahorros, así como toda una serie de
monopolios de las industrias petrolera, automovilística, química, electrónica, metalúrgica, etc. A
comienzos de 1969, los activos de los bancos y corporaciones industriales ligados de un modo o
de otro al grupo Morgan oscilaban entre 168.000 y 170.000 millones de dólares. El grupo
Rockefeller —el segundo en magnitud— controlaba un capital de 125.000 millones de dólares.
Sigue figurando en cabeza en el «negocio petrolero» del mundo capitalista y en los últimos
tiempos ha conquistado fuertes posiciones también en otras ramas (electrotecnia, química e
industrias papelera y alimentaria).
En el Japón, las tres mayores agrupaciones industriales, comerciales y bancarias —
Mitsubishi, Mitsui y Sumitomo— proporcionan cerca del 17% de la producción industrial del
país, porcentaje que en el comercio —interior y exterior— es mayor aún.
En los países cuyo sistema financiero se distingue por un alto grado de estatificación, los
bancos del Estado desempeñan un importante papel en la creación de asociaciones
monopolistas. En Italia, por ejemplo, cuatro bancos de este tipo controlan plenamente las
operaciones financieras fundamentales en el país y son centros de poderosas agrupaciones
estatal-monopolistas que abarcan, de hecho, la actividad de todas las ramas de la economía
nacional.
La acumulación de masas de enormes de capital en manos de la oligarquía financiera sigue
siendo fuente importantísima para su exportación al extranjero. La importancia de la
exportación de capital como arma de los monopolios en la lucha por los mercados y las esferas
de influencia es ahora mayor aún que en la época de los imperios coloniales y de la dominación
política de un puñado de potencias sobre la parte primordial del globo terráqueo.
Lenin definió la exportación de capital no sólo como uno de los rasgos fundamentales del
imperialismo, sino también como una de sus más esenciales bases económicas. La exportación
de capital es precisamente el arma principal que emplea el capital financiero para tender sus
redes en todos los países del mundo. Lenin recalcaba, a este respecto, que «la exportación de
capitales pasa a ser un medio de estimular la exportación de mercancías». También ahora sin
cesar el proceso de internacionalización de la economía capitalista mundial y aumenta la
penetración de los monopolios en la economía de países ajenos.
En el período de posguerra, la exportación de capital de la potencias imperialistas ha
alcanzado proporciones verdaderamente colosales. A comienzos de 1969, las inversiones de
capital norteamericano en el extranjero ascendían a cerca de 128.000 millones de dólares, de los
cuales correspondían a los monopolios privados 102.000 millones, de ellos, sólo en inversiones
directas, 65.000 millones. Los EE.UU. han dejado muy atrás a todos sus competidores en lo que
respecta al volumen global de las inversiones privadas directas en el extranjero. Así lo prueban
los siguientes datos: en 1967-1968, las inversiones privadas directas de Inglaterra se evaluaron
en 18.000 millones de dólares; las de Francia, en 8.000 millones; las de la RFA, en 3.600
millones, y las de Japón, en 900 millones.
Los ideólogos burgueses, que no pueden negar el crecimiento colosal de la exportación de
capital, sobre todo de los EE.UU., pretenden impugnar la tesis leninista de que la carrera tras
una cuota de ganancia más elevada sirve de estímulo a la exportación de capital. En estos
intentos se remiten a la ampliación sustancial de la exportación de capital del Estado en forma
de empréstitos y créditos a largo plazo, así como a los subsidios y subvenciones de acuerdo con
el programa de «aguda» a los países en vías de desarrollo.
Semejantes argumentos pueden desorientar únicamente a quienes no comprenden la
naturaleza del capitalismo contemporáneo. En efecto, el volumen de los créditos estatales a
largo plazo concedidos por los EE.UU. a otros países (excepto Canadá y Europa Occidental),
que en 1957 fue de 2.700 millones de dólares, aumentó en 1968 a 16.900 millones, es decir, en
6,2 veces. Crece también la afluencia a los países del Tercer mundo de capital estatal procedente
de Inglaterra, Francia, RFA y otras potencias imperialistas. Ahora bien, ¿refuta todo eso la tesis
leninista sobre la carrera tras una alta cuota de ganancia como importantísimo estímulo de la
exportación de capital? No. Este hecho se hace evidente en cuanto analizamos la «ayuda», los
subsidios y los empréstitos estatales como instrumento de la política económica del capitalismo
monopolista de Estado. El objetivo de esta política es asegurar altos beneficios a los monopolios
privados. La concesión de empréstitos y «dádivas» por el Gobierno de los EE.UU. impone, en la
mayoría de los casos, a los países que reciben la obligación de gastar una parte del dinero en
comprar mercancías norteamericanas. Con frecuencia, la «ayuda» tiene por objeto crear en los
países en desarrollo un «clima político» favorable a los monopolios privados que exportan
capital y conjurar la amenaza de nacionalización de sus empresas en otros países. Una parte
considerable de los empréstitos y créditos está destinada a crear infraestructuras, es decir, a
efectuar inversiones en las ramas menos rentables, pero sin las cuales resulta difícil, o en
general imposible, el desenvolvimiento del sector privado.
Una nueva e importante tendencia de la exportación de capital es la intensificación de su
envío a los países capitalistas desarrollados. En esta tendencia se manifiesta con toda claridad el
proceso, estudiado por Lenin, de entrelazamiento internacional de los capitales. Esta
entrelazamiento sirve de base a la formación de asociaciones internacionales de monopolistas,
que efectúan el reparto económico del mundo (cuarto rasgo del imperialismo). A comienzos del
siglo XX, el objeto fundamental de la expansión de los monopolios eran las colonias y
semicolonias; hoy, en cambio, el movimiento más intenso de capital tiene lugar entre los países
industriales. A ellos corresponden más de dos tercios del capital privado exportado a largo
plazo, en tanto que al Tercer Mundo le corresponde sólo cerca de una tercera parte.
Este fenómeno está condicionado por toda una serie de causas importantes. En primer lugar,
las potencias desarrolladas atraen al capital extranjero por su mayor «estabilidad política», si se
las compara con la tensa situación existente en África, Asia y América Latina. En ello se
manifiesta el deseo de disminuir lo más posible el riesgo derivado de las inversiones de capital
en el extranjero.
Este factor es, en lo fundamental, político. Pero existen también no pocas causas puramente
económicas del acrecido interés por las inversiones de capital en los países «ricos». En la
ensambladura del capital de las potencias desarrolladas se manifiesta la necesidad objetiva de
los monopolios de adaptarse a las necesidades de la etapa actual de desenvolvimiento de las
fuerzas productivas. En las condiciones inherentes a la revolución científico-técnica, que ha
originado un mayor ahondamiento de la división social del trabajo y un aumento gigantesco del
grado de concentración de la producción, a las fuerzas productivas les resulta estrecho el marco
de los Estados nacionales y, a menudo, pueden progresar con éxito solamente unificando los
recursos (y los mercados de venta) de varios países. Las proporciones óptimas de las empresas
dedicadas a la producción aumentan, en tanto que el proceso de integración capitalista, la
formación de grupos económicos, amplía los mercados internos de los países que forman parte
de cada grupo y dificultan la penetración en él de mercancías procedentes de terceros países.
Esto estimula la exportación de capital de unos países del grupo a otros, la gestión empresarial
internacional y la fusión de compañías de distintos países en los límites del grupo.
La creación de grupos económicos cerrados no tiene como único fin facilitar el movimiento
de mercancías entre sus componentes y defender la industria frente a la competencia de los
artículos de terceros países. Persigue también otro objetivo. Sobre la base de la integración
imperialista, los monopolios aspiran a crear no simplemente alianzas aduaneras, sino uniones
económicas y políticas con planes mucho más ambiciosos, entre los que figuran concretar
principios más ambiciosos, entre los que figuran concretar principios comunes de política fiscal
y monetaria y coordinar los programas a largo plazo de inversiones estatales. Sin embargo, la
integración capitalista no suprime los problemas relacionados con la lucha y la competencia
tanto entre los grupos y entre éstos y terceros países como dentro de cada grupo, es decir, entre
los propios países que lo forman.
La lucha permanente por nuevos repartos del mercado capitalista «según la fuerza», «según
el capital», continúa. La integración, que ha surgido sobre la base de la exportación de capital y
la ha reanimado, lleva en sí todas las contradicciones y todos los antagonismos inherentes a esta
forma de relaciones económicas entre los países imperialistas. Los intereses egoístas de los
imperialistas de los distintos países en la lucha por los mercados y las esferas de inversión de
capital son más fuertes que las tendencias dictadas por la aspiración a aplicar una estrategia
común del campo imperialista para combatir el socialismo y los movimientos obrero y de
liberación nacional.
La formación de monopolios internacionales es también un resultado lógico de los procesos
de concentración universal del capital y de su ensambladura internacional. Es peculiar del
imperialismo, señalaba Lenin, una cosa «que antes, hasta el siglo XX, no existía, a saber: el
reparto económico del mundo entre los trusts internacionales, el reparto de los países entre ellos,
por medio de un acuerdo, como esferas de venta»*. Y al caracterizar el imperialismo de su
tiempo, subrayaba que «ha empezado el reparto del mundo por los trusts internacionales...»**
Lenin señaló hace medio siglo el nacimiento de los supermonopolios internacionales; en
nuestros días, el desarrollo de este proceso ha conducido a que un puñado de supermonopolios
se haya apoderado más o menos totalmente del mercado capitalista mundial. Lo nuevo y
específico consiste asimismo en que, aun conservándose los cartels mundiales, el desarrollo
moderno del imperialismo ha transformado los trusts y consorcios gigantescos —
primordialmente nacionales por el capital y el control, pero internacionales por la esfera y la
magnitud de su actividad— en la forma más típica y, sin duda, decisiva de los supermonopolios
internacionales. Ha surgido una contradicción entre los monopolios, universales por la
envergadura de sus operaciones, y los Estados nacionales.
Los monopolios internacionales pueden ponerse de acuerdo —y así lo hacen, en realidad—
sobre el reparto de los mercados de venta, la restricción de la producción y el alza de los
precios. Sin embargo, con el actual nivel de desarrollo de la exportación de capital y el
gigantesco papel de los supermonopolios en la economía capitalista, pasa a ser decisiva
precisamente la lucha de dichos monopolios por el aumento preferente de sus potenciales
económicos y por el dominio en los mercados. El reparto económico de la parte del mundo
* Véase la presente recopilación, pág. 139.
** Véase la presente recopilación, pág. 52.
dominada aún por el imperialismo es ahora, en muchos casos, un resultado espontáneo, que
cambia sin cesar, de la lucha entre los supermonopolios internacionales.
Juntamente con la integración imperialista y la encarnizada competencia entre los trusts y
consorcios, internacionales por la amplitud de su actividad, han surgido nuevos factores en las
relaciones mundiales, como, por ejemplo, los bloques militares agresivos de las potencias
imperialistas. Se ha extendido el «colonialismo colectivo». El imperialismo sostiene guerras
agresivas contra pueblos enteros, tratando de imponer por la fuerza regímenes y formas de
gobierno a su gusto, con la particularidad de que, con frecuencia, en dichas guerras participan
simultáneamente varias potencias imperialistas. En consecuencia, la tendencia a la guerra por un
nuevo reparto territorial del mundo (quinto rasgo del imperialismo) sigue existiendo en nuestros
días. Cierto que las condiciones para su desarrollo han cambiado sustancialmente. El
imperialismo ha perdido su anterior dominación sobre el mundo. Se encuentra en un estado de
crisis general y en su economía y su política ejercen una ingente influencia la existencia y el
feliz desarrollo del sistema socialista mundial, así como el poderoso ascenso del movimiento de
liberación nacional. En esta situación, del movimiento de liberación nacional. En esta situación,
la orientación general de la estrategia político-militar de las potencias imperialistas está
determinada, en primer término, por el deseo de recuperar las posiciones perdidas como
resultado de la formación del sistema socialista mundial y de la bancarrota de los imperios
coloniales. Pasa temporalmente a un segundo plano la disposición a emplear los medios
militares para rehacer el mapa del mundo de conformidad con la nueva correlación de fuerzas
dentro del grupo de potencias imperialistas. Mas esa disposición podrá desaparecer
definitivamente sólo con el aniquilamiento completo del propio imperialismo.
Para comprender los profundos procesos peculiares del imperialismo moderno tiene magna
importancia la ley, descubierta por Lenin, del desigual desarrollo económico y socio-político del
capitalismo en su fase imperialista. Lenin fue el primero que descubrió las raíces y el
significado de este desarrollo desigual y mostró las causas de su creciente influjo en la marcha
de la historia, en los destinos del régimen capitalista agonizante y del socialismo, que viene a
sustituirlo. Al analizar la diferencia de principio entre capitalismo premonopolista y el
imperialismo desde el punto de vista de la desigualdad del desarrollo, Lenin decía: «Existió la
época del capitalismo relativamente «pacífico», en la que venció por completo al feudalismo en
los países avanzados de Europa y pudo desarrollarse con la mayor —relativamente—
tranquilidad y armonía, extendiéndose «pacíficamente» a regiones todavía inmensas de tierras
no ocupadas y de países no arrastrados de manera definitiva a la vorágine capitalista». Y más
adelante: «Aquella época pasó para no volver y ha sido sustituida por una época relativamente
mucho más impetuosa, que se distingue mucho más por el desarrollo a saltos, los cataclismos y
los conflictos...»*
El análisis de la acción de la ley del desarrollo desigual en la época del imperialismo llevó a
Lenin a una serie de sintetizaciones teóricas. La más importante es, sin duda, su doctrina sobre
el surgimiento de eslabones débiles en la cadena única del imperialismo con motivo de su
desarrollo asaltos. Precisamente por ello, deduce Lenin, los distintos países no llegarán al
socialismo simultáneamente y la cadena del imperialismo podrá romperse no sólo en los países
de gran desarrollo. «Esta tesis era nueva en la ciencia marxista. Cambió de raíz la noción que se
tenía de las premisas para el triunfo del nuevo régimen y ofreció al proletariado ruso e
internacional una clara perspectiva de lucha. Lenin previó ya entonces la marcha de los procesos
* Véase la presente recopilación, pág. 46.
fundamentales del desarrollo social en virtud de la victoria del socialismo en uno o en varios
países, la inevitabilidad de la lucha de los dos sistemas en la palestra mundial»*.
La historia ha confirmado la deducción de Lenin. El rompimiento de la cadena del
imperialismo, efectuado por el proletariado de Rusia y sus aliados bajo la dirección del Partido
Bolchevique, la marcha triunfal del Poder soviético y la victoria del socialismo en la URSS
pusieron fin a la época de dominación incompartida y completa del imperialismo. El
imperialismo, como sistema, recibió un golpe del que jamás ha podido reponerse: comenzó la
crisis general del capitalismo. Su manifestación más patente y profunda consiste en la
existencia, la emulación y la lucha de los dos sistemas: el socialista y el capitalista. Los hechos
prueban que esta lucha ha ejercido y ejerce una fortísima influencia en todos los procesos
internos del mundo capitalista y en los antagonismos sociales y políticos que le son propios. Los
cambios cardinales en la correlación de fuerzas de los dos sistemas mundiales: eso es lo
principal que ha predeterminado los jalones fundamentales en el desarrollo de la crisis general
del capitalismo.
El triunfo de la revolución socialista en Rusia inició una nueva era, de transición, en el
desenvolvimiento de la humanidad; una era cuyo contenido es la ofensiva, cada día más amplia,
del socialismo contra el capitalismo. «La destrucción del capitalismo y de sus huellas —decía
Lenin—, la instauración de las bases del régimen comunista, constituye el contenido de la nueva
época de la historia universal que ha comenzado ahora»** . La vida confirma cuán justo es el
enfoque leninista del propio carácter de la revolución socialista mundial, que incluye en su
cauce la lucha de la inmensa mayoría del género humano. «Y es claro a todas luces —recalcó
Lenin en su informe ante el III Congreso de la Internacional Comunista— que, en las futuras
batallas decisivas de la revolución mundial, el movimiento de la mayoría de la población del
globo terráqueo, encaminado al principio hacia la liberación nacional, se volverá contra el
capitalismo y el imperialismo y desempeñará tal vez un papel revolucionario mucho más
importante de lo que esperamos»***. Por eso, el desmoronamiento del sistema colonial, la
aparición en la palestra mundial de decenas y decenas de nuevos Estados independientes y la
elección, por muchos de ellos, de vías no capitalistas de desarrollo no es otra cosa, en la
perspectiva histórica, que una dura derrota del imperialismo.
La ley del desigual desarrollo económico y socio político del imperialismo actúa con todo su
vigor también en la época presente. Son más frecuentes las bruscas oscilaciones en la
correlación del poderío económico de las principales potencias imperialistas. El desarrollo de
sus fuerzas productivas tiene un acusado carácter de saltos, lo que va acompañado de serios
cambios estructurales en la economía. El sistema estatal-monopolista de regulación de los
procesos económicos es desigual. Se ahonda el abismo entre el nivel de desarrollo de los
principales países imperialistas y los demás Estados de la parte no socialista del mundo.
Aumenta el desnivel entre los distintos países y sus grupos en el ámbito de las investigaciones
científicas, en el ritmo y en la amplitud con que se aplican en la producción los más recientes
logros de la ciencia y la técnica. Como previera Lenin, a consecuencia de la desigualdad del
desarrollo, ora en uno, ora en otro eslabón del capitalismo mundial se agravan hasta un punto
crítico todas sus contradicciones antagónicas, y las masas trabajadoras empiezan a buscar la
* El centenario del nacimiento de Vladímir Ilich Lenin. Tesis del CC del PCUS, ed. en ruso, Moscú, 1970,
págs. 13-14.
** V. I. Lenin. La lucha en el seno del Partido Socialista Italiano. Obras Completas, ed. en ruso, t. 41,
pág. 425.
*** V. I. Lenin, Informe sobre la táctica del PC de Rusia. Obras Completas, ed. en ruso, t. 44, pág. 38.
salida de la situación en la lucha por efectuar transformaciones socioeconómicas radicales, por
apartar totalmente del poder en la sociedad a las clases explotadoras.
Nuestra época sed distingue por un crecimiento gigantesco de las contradicciones y los
conflictos en el desarrollo de todos los aspectos de la vida económica y política de la sociedad.
El proceso de socialización de la producción ha conducido a una mayor deslindamiento de las
fuerzas sociales. En el transcurso de la revolución científico-técnica, la clase obrera ha crecido
cualitativa y cuantitativamente, ha elevado en gran medida su calificación, su nivel general de
conocimientos y su preparación ideológica y ha adquirido nuevos aliados entre los ingenieros,
peritos, empleados e intelectuales. La cúspide monopolista, aliada a los politicastros
profesionales y a la camarilla militar, tiene hoy frente a sí a la absoluta mayoría de la población,
unida por las consignas democráticas de la lucha antimonopolista. Con ello se profundiza a
ritmo acelerado en los países imperialistas el abismo existente entre los intereses de la inmensa
mayoría de la nación y la oligarquía financiera.
Pese a los deseos de la burguesía de los países imperialistas de cerrar filas frente a las fuerzas
atacantes del socialismo, del movimiento de liberación nacional y del movimiento obrero, se
hace sentir en plena medida un factor inherente al imperialismo: la discordia inextirpable de los
intereses económicos de los monopolios de los distintos países, derivada de la carrera tras los
beneficios. Esto conduce de manera ineluctable al ahondamiento de las contradicciones
interimperialistas y debilita las posiciones generales del imperialismo, con la particularidad de
que los procesos de entrelazamiento internacional del capital y de la integración regional, aun
cambiando las formas de la competencia, no contribuyen, ni mucho menos, a armonizar en la
palestra internacional los intereses de los diversos «imperialismos nacionales».
Por muchos esfuerzos que se hagan para evitarlo, el mecanismo de la economía capitalista
funciona con intermitencias. La producción sigue desarrollándose cíclicamente y todos los
países capitalistas, sin excepción alguna, tropiezan con serias dificultades vinculadas a la acción
de las fuerzas espontáneas en los mercados interiores y mundiales. Esto influye negativamente
en la utilización de las posibilidades de producción existentes y engendra fenómenos como el
aumento incesante de la intensificación del trabajo, el gran desaprovechamiento de los
potenciales, el desempleo permanente (que en algunos países ha alcanzado proporciones), el
agravamiento en todas partes del problema de la ocupación y los procesos inflacionistas, que
asestan golpes al nivel de vida de las masas. No se asegura en los más mínimo el pleno
aprovechamiento, en interés de la sociedad, de las gigantescas posibilidades que brinda la actual
revolución científico-técnica, cuyos frutos pasan a ser patrimonio del capital monopolista y
contribuyen solamente a multiplicar las superganancias que proporcionan.
En virtud de una serie de causas —objetivas, vinculadas a las necesidades en sazón del
desarrollo de las fuerzas productivas, y subjetivas, basadas en el afán del capital de mantener y
ampliar su dominación en el mundo—, la burguesía monopolista accede a ampliar la función
económica del Estado y acepta la nacionalización de partes considerables de la economía.
Lenin veía las causas cardinales del surgimiento del capitalismo monopolista de Estado en
las mismas leyes que condicionaron el paso del capitalismo de la libre competencia a la fase
imperialista. A su juicio, el principal rasgo distintivo del nuevo fenómeno consistía en que «de
los monopolios en general se ha pasado a los monopolios del Estado»*, en que el capitalismo
intenta regular los procesos económicos a escala de todo el país. En lo que respecta a las formas
* V. I. Lenin. VII Conferencia (de Abril) de toda Rusia del POSDR(b). Informe sobre el momento actual.
Obras Completas, ed. en ruso, t. 31, pág. 355.
y el mecanismo del capitalismo monopolista de Estado, Lenin consideraba como más
característica la ensambladura de los monopolios y el Estado, «la fusión en un solo mecanismo
de la fuerza gigantesca del capitalismo con la fuerza gigantesca del Estado»*.
Lenin elaboró en sus obras una concepción verdaderamente científica del capitalismo
monopolista de Estado en toda su complejidad y carácter contradictorio. Lenin veía que las
medidas adoptadas para fortalecer el capitalismo y amortiguar artificialmente sus
contradicciones minan, al mismo tiempo, las bases del capitalismo desde dentro; que los
capitalistas se ven arrastrados, «en contra de su voluntad y conciencia, a un cierto nuevo
régimen social, de transición entre la absoluta libertad de competencia y la socialización
completa»**. Destacó que «el capitalismo monopolista de Estado es la preparación m a t e r i a l
más completa para el socialismo»***, pero, al mismo tiempo, subrayó repetidas veces que la
preparación de las premisas materiales del socialismo, por muy lejos que vaya, no equivale a la
transición al socialismo, que la revolución socialista es una divisoria obligatoria entre el
capitalismo monopolista de Estado y el socialismo. «La proximidad de tal capitalismo al
socialismo —decía Lenin— debe constituir, para los verdaderos representantes del proletariado,
un argumento a favor de la cercanía, de la facilidad, de la viabilidad y de la urgencia de la
revolución socialista, pero no, en modo alguno, un argumento para mantener una actitud de
tolerancia ante los que niegan esta revolución y ante los que hermosean el capitalismo, como
hacen todos los reformistas»****.
Cualquiera que sea el cambio de formas que experimente, cualesquiera que sean los mantos
protectores de la estatificación con que se cubra, el imperialismo seguirá siendo la última fase
del régimen social explotador, al que Lenin predijo el derrocamiento revolucionario. Tales son
las conclusiones principales a que lleva el análisis del desarrollo del imperialismo durante más
de medio siglo, cuya explicación científica fue realizada por vez primera en las obras inmortales
del guía de la Revolución de Octubre.
A. Borodáevski

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