MOVIMIENTO ANTIGLOBALIZACIÓN
 

 

Domingo, 1 de septiembre de 2002

Pobreza y medio ambiente

WILFRED BECKERMAN

Wilfred Beckerman es miembro emérito de Balliol College, Oxford, y autor del estudio A Poverty of Reason: Economic Growth and Sustainable Development, de próxima publicación. © Project Syndicate, 2002

Como cabía esperar, la Cumbre Mundial sobre Desarrollo Sostenible está contemplando promesas audaces, pero la reunión está condenada a ser un alarde de futilidad. Ya que si por 'desarrollo' nos referimos a desarrollo humano en su sentido más amplio, el único desarrollo que es sostenible es el que permite a la gente vivir junta en paz y respetando los derechos humanos básicos.

Hay muy poco campo para que la acción internacional acabe con la violación de esos derechos en muchos países del mundo, si no en la mayoría, particularmente en esos que intentan convertir la Cumbre de la Tierra en un altavoz de las críticas al fracaso de los países avanzados para hacer más por erradicar la pobreza mundial o para proteger el medio ambiente.

Al menos deberíamos acoger con agrado el hecho de que estos dos temas -la pobreza y el medio ambiente- sean las dos cuestiones principales de la cumbre. Esto supone un alejamiento de las fijaciones de los primeros grupos de presión del desarrollo sostenible, como el supuesto agotamiento de las materias primas para el crecimiento, o la incapacidad del mundo para alimentar a su población en aumento, o la biodiversidad.

Las delirantes exageraciones de los activistas del medio ambiente por fin están siendo advertidas por la mayoría de los analistas informados. Las leyes de la economía afirman que cuando la demanda de un producto empieza a sobrepasar la oferta, el precio sube. Dejando a un lado los mercados especulativos a corto plazo, la demanda disminuirá a continuación y la oferta aumentará. Estas leyes han garantizado que ninguna de las hipótesis de las décadas de los sesenta y los setenta que vaticinaban el juicio final -¿recuerdan las predicciones del Club de Roma?- se haya hecho realidad. De hecho, a la larga, los precios de casi todos los minerales han seguido una trayectoria descendente. El mundo nunca puede quedarse sin ningún recurso mineral.

De manera similar, los pronósticos alarmistas sobre una inminente hambruna en todo el mundo también han sido falsificados. Hay hambrunas, por supuesto, pero raras veces se producen en países verdaderamente democráticos, si es que se producen alguna vez. Desde los días de la colectivización soviética en la década de los treinta hasta las políticas racistas del presidente Mugabe en Zimbabue actualmente, las hambrunas son la consecuencia de guerras civiles o disparates ideológicos. Naturalmente, el cambio de clima local puede exacerbar la situación, pero dado el alcance del comercio mundial y la existencia de excedentes en muchas áreas productoras de alimentos, los gobiernos democráticos pueden enfrentarse a las consecuencias.

En cuanto a la biodiversidad, hoy en día la especie más importante amenazada con la extinción es la raza humana. Ciertamente, la acción internacional puede contribuir a resolver los problemas gemelos de la pobreza y la degradación del medio ambiente. Por ejemplo, los países ricos deberían reducir las subvenciones agrícolas y abrir más sus mercados a las exportaciones de alimentos procedentes del Tercer Mundo. La acción internacional también puede contribuir a abordar los problemas del medio ambiente globales. Hay muchos ejemplos, como el Protocolo de Montreal para ayudar a reducir la amenaza contra la capa de ozono. De modo que es lamentable que EE UU abandonara el proceso de Kioto para combatir el calentamiento global, en vez de intentar que el mismo avance hacia soluciones razonables basadas en el mercado y se aleje del mecanismo regulador tan querido por los burócratas.

Pero la reducción de la pobreza y de la degradación del medio ambiente -como la falta de acceso a un agua potable limpia- que afectan a las vidas de miles de millones de personas en el Tercer Mundo siempre dependerá fundamentalmente de las políticas locales. Éstas incluyen, por encima de todo, un mayor respeto por el sistema de derecho, por los derechos de propiedad, por la libertad para que la gente saque partido de su espíritu emprendedor y exprese su descontento con su suerte, por no mencionar otras libertades básicas establecidas en numerosas convenciones internacionales que casi todos los países que participan en la cumbre han suscrito y que muchos de ellos ignoran. Naturalmente, un mayor respeto por los derechos humanos no es meramente deseable para la reducción de la pobreza y la protección del medio ambiente. También se da la casualidad de que es una pieza importante -a menudo la más importante- del bienestar y el desarrollo humano. Los acontecimientos de los últimos 12 meses han conseguido que la mayoría de la gente se dé cuenta de que el conflicto más peligroso al que se enfrenta la humanidad en el futuro no es el conflicto entre el hombre y su entorno, sino entre el hombre y el hombre.

Desgraciadamente, dado el respeto que se otorga a la soberanía nacional, el margen para que la acción internacional mejore el respeto por los derechos humanos básicos en los muchos países es limitado. Por esta razón, cualquier declaración resonante que emerja de la Cumbre de la Tierra está condenada al fracaso.

Original tomado de: http://www.elpais.es/articulo.html?d_date=20020901&xref=20020901elpepiopi_11&type=Tes&anchor=elpepiopi 


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